Fecha de Publicación: 27/10/2014
Esta columna fue publicada en el periódico Milenio Estado de México.
Luis Alfonso Guadarrama Rico
Coordinador Ejecutivo de la Red Iberoamericana de Investigación FAMECOM
Han transcurrido más de 30 días desde la desaparición de los 43 estudiantes normalista de Ayotzinapa. ¿Qué se sabe? Muy poco y prácticamente nada sobre lo esencial ¿Dónde están cada uno de los jóvenes estudiantes que no han vuelto desde aquel fatídico 26 de septiembre? No hay información. El dolor personal, familiar y social, tanto como la angustia crecen desmesuradamente a cada minuto que transcurre sin que se logre esclarecer nada. Menos aún se sabe acerca de los autores intelectuales. La prensa internacional así como distintos gobiernos del orbe, permanecen atentos a lo que sucede con este lamentable y salvaje episodio que se vive en México.
Las manifestaciones de apoyo, solidaridad y de reclamo para que se haga justicia, han sido la constante en diversas entidades así como en otras partes del mundo. La semana pasada me llamó la atención que diversos medios de comunicación inquirieran al Rector de la UAEM, al Dr. Jorge Olvera García, en torno a su posición con respecto a las movilizaciones que la comunidad universitaria ha desplegado para sumarse a las congregaciones generadas en distintos espacios públicos. ¿Cuando hay indignación, daño, rabia, frustración, angustia y clamor de justicia, qué se espera? ¿Que se convoque a la inmovilidad, a la contemplación, a la espera acallada y que se cierren los ojos ante una realidad devastadora, porque los nuestro es estudiar, ejercer la enseñanza y nada más? ¡Sería un contrasentido del mismo quehacer universitario y de nuestra condición como seres humanos!
Hizo bien el Rector Jorge Olvera en fijar su posición y subrayar que rechazaba cualquier amenaza hacia estudiantes o profesores que se manifestaran en apoyo y solidaridad para con los familiares de los 43 estudiantes normalistas desaparecidos. Lo que ha quedado patente en la comunidad de la UAEM, comenzando por el presidente del Consejo Universitario, es que nos hemos puesto, genuinamente, en el lugar de los jóvenes estudiantes desaparecidos y en el de sus familiares. No necesitamos que nos pase a cada uno ese lamentable acto de barbarie. Alcanzamos a ver con toda claridad el sufrimiento que ello genera. Como me compartió el Rector de la UAEM hace unos cuantos días: “Nos basta nuestra condición humana para entender el pavoroso tormento que viven nuestros semejantes y, por ello, mostramos solidaridad y clamamos, con ellos, justicia y todo el peso de la ley”.
Toda justicia es humana, pero se requiere una cultura que haga viable y visible que cuando alguien se convierte en un tirano (cuando está cegado por su yo), reciba el castigo correspondiente a su delito. Lo que ha sucedido en Ayotzinapa es inmoral. Ante ello, nos solidarizamos porque pedimos que la política sea capaz de unir justicia, fuerza, igualdad e inteligencia.


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