Fecha de Publicación: 10/11/2014
Esta columna fue publicada en el periódico Milenio Estado de México.

Luis Alfonso Guadarrama Rico
Coordinador Ejecutivo de la Red Iberoamericana de Investigación FAMECOM

Las personas de bien lamentamos lo que está sucediendo en nuestra vida social, económica, política, educativa y cultural. Quienes deseamos que las condiciones mejoren, comenzamos por nosotros mismos. Cada día nos levantamos para cumplir con los compromisos y tareas cotidianas. Con responsabilidad, disciplina y apego al desarrollo a escala humana, desplegamos energía desde nuestros acotados sitios de acción para que ello genere –desesperadamente—una suerte de contrapeso ante las devastación y miseria que parece florecer por todos lados y mundos distantes.

Enseguida, al hablar de lo que hacemos, de cómo luchamos para contribuir a que el ansiado país –por más que se nos resista– comience a cobrar una forma más sostenible y pacífica, hablamos de lo que hacemos desde nuestros nichos de operación o de lo que sucede para bien o para mal. Ese es nuestro devenir. Sin embargo, al expresar diversos puntos de vista, nos topamos con la comunicación. Y, en todo acto comunicativo, la expresión verbal, escrita o paralingüística es social. Consecuentemente, debe cumplir con tres reglas éticas. 1). Toda afirmación debe contener o ser seguida por un argumento; 2). Todo enunciado reclama un respuesta y, 3). Todo diálogo conlleva una deliberación, al menos entre dos partes.

Escribo este periplo porque la semana pasada leí algunas declaraciones en torno a que se pide (se exhorta) a nuestra a la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEM) a “no coartar la libertad de expresión y de organización de la comunidad estudiantil…”. Me propongo responder de manera escueta. Focalmente se piden ciertas respuestas de cara a los lamentables sucesos ocurridos con la “desaparición” de los 43 jóvenes normalistas de Ayotzinapa, Guerrero. Quien declara, afirma. Pero no hallé en su expresión ningún argumento. Por lo que a mi toca, desde mi espacio académico, lo único que he logrado ver es que muchos de nuestros/as estudiantes y algunos docentes-investigadores han participado activamente para pedir justicia ante este episodio que a todos nos lacera. La misma declaración referida insta a “mostrarse solidarios con la causa que hoy nos llama…”.

Quienes somos universitarios lo hemos hecho por convicción profunda y, seguiremos así: atentos y participativos, sin que se nos “haga un llamado [para dicha solidaridad]…”. Ya lo anotó hace varios años uno de mis filósofos favoritos, André Comte-Sponville, es decir, no se puede instar a la solidaridad por una elemental razón: “La solidaridad es demasiado interesada o demasiado ilusoria como para ser una virtud […]. África y América no están necesitadas de solidaridad, sino de justicia y de generosidad”. Así que cuidado con las palabras. Cierta política, consiste en hablar por hablar.

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