Fecha de Publicación: 16/01/2012
Esta columna fue publicada en el periódico Milenio Estado de México.
Luis Alfonso Guadarrama Rico
Coordinador Ejecutivo de la Red Iberoamericana de Investigación FAMECOM
La mayoría de las personas en el mundo asisten a la escuela, por lo menos algunos años, hasta que [medio] logran aprender a leer y a escribir; algunos más integran a sus conocimientos y habilidades las operaciones básicas de la aritmética (suma, resta, multiplicación y división). Claro, no es lo único, pero podríamos decir que la lecto-escritura intenta fraternizarnos a escala planetaria. Según el Informe de Seguimiento de la Educación para Todos [EPT] de la UNESCO 2011, los primeros diez sitios en el denominado Índice de Desarrollo de la EPT fueron ocupados por Japón, Reino Unido, Noruega, Kazajstán, Francia, Italia, Suiza, Croacia, Países Bajos y Eslovenia. España ocupó el lugar número 12; Cuba el 14; Estados Unidos el sitio 33; Uruguay el escalón 36; Argentina el 38; Chile el número 49; México el peldaño número 57 y Nicaragua fue clasificado en el puesto número 100. Caso aparte –y lamentable– los países que ocuparon los últimos diez sitios, entre los 127 que aportaron información: Mozambique, Pakistán, Yemen, Malí, Eritrea, Guinea, Burkina Faso, República Centroafricana, Etiopía y Níger.
Asistir a la escuela, permanecer, transitar y mantenerse en el sistema educativo, desde la primaria hasta la educación superior, constituye una valiosa y trascendente oportunidad para adquirir más conocimientos; para ampliar nuestros horizontes; para luchar contra los fanatismos; para aprender a distinguir, a diferenciar; para desarrollar aún más nuestras aptitudes y capacidades; para valorar esta vida, la de aquí y la de ahora, a pesar de que sea estúpidamente breve; para intentar vivir mejor; para hacer intentos recurrentes que nos lleven a ser mejores personas. El común denominar de estas cualidades y potencialidades que aporta el sistema educativo, tiene que ver con la agenda diaria a la que obligan las aulas; guarda estrecha relación con la socialización, pero no sólo con el encuentro con los propios compañeros, sino que es, por excelencia, el espacio intergeneracional y el potencial encuentro con el aporte civilizatorio que ha generado la humanidad.
Pero un atributo luminoso que tiene la escolarización es que siembra, gesta, coloca las bases para estar en condiciones de ejercitar la lectura. Esa actividad y proceso complejo encargado de nutrir, de alimentar y de oxigenar nuestros pensamientos, ideas, el habla, la interacción y las relaciones con los demás. Leer para ser mejores personas. Leer para entender mejor. Leer para conversar a profundidad. Leer para ejercitar la memoria. Leer para vivir otras vidas que no podremos experimentar en carne viva. Leer para cerrarle la puerta al caos que exhibe la podredumbre del mundo. Leer para que, en caso de llegar a la vejez, contemos con los viáticos necesarios para transitar en esa etapa de la vida en la que todo se desmorona y languidece. Leer, para escribir.


Dejanos tus comentarios