Artilugios de la generosidad

Fecha de Publicación: 25/11/2013
Esta columna fue publicada en el periódico Milenio Estado de México.

Luis Alfonso Guadarrama Rico
Coordinador Ejecutivo de la Red Iberoamericana de Investigación FAMECOM

Quién se va a oponer e incluso a resistir, cuando se trata de niños y de niñas que padecen algún tipo de discapacidad? Puede que la expresión de unos cuantos roce la indiferencia o la inacción. Según cifras oficiales procedentes del Censo de Población y Vivienda 2010, de la Encuesta Nacional de Ingresos y de Gastos de los Hogares y, de la Encuesta Nacional de Discriminación en México, se calcula que casi seis millones de personas (5.1% de la población) tiene alguna discapacidad.

Dificultades para caminar o moverse y para ver, afectan al 85.5% de las personas que reportan discapacidad. Contrario a lo que muchos creen, 48 de cada cien imposibilitados, tienen 60 años o más y, 32% tiene entre 30 y 59 años. Los infantes suman el 10% del total de discapacitados; un porcentaje similar tiene entre 15 y 29 años de edad. Todos merecemos recibir los servicios de salud para enfrentar nuestros distintos padecimientos o enfermedades. Lo que llama la atención es cómo se han sobreexpuesto las imágenes de los niños, de las niñas y de los jóvenes, para tratar de sensibilizar y de conmover a la sociedad, acerca de la importancia que reviste brindar servicios de salud, educación y acceso al empleo de quienes sufren esta condición.

A finales de este mes de noviembre, seremos testigos de la jornada mediática número 17, que nuevamente preparó el consorcio Televisa, a través de su Fundación Teletón. La exitosa estrategia ha sido convocar, hipermediáticamente y con otros artilugios, a la población infantil, juvenil, adulta y anciana, así como a empresarios, artistas, deportistas y a personalidades del sector público, para que aporten dinero contante y sonante o digitalizado para esta labor. Dicho esfuerzo ha de tener como base, el sufrimiento y la compasión que genera la discapacidad infantil y juvenil. Los viejos no cuentan ni ayudan a sumar a la causa. Así, nuestra adormecida generosidad se reactiva por unas horas. Ser generoso/a, señala André Comte-Sponville, lleva a “estar liberado de uno mismo, de las pequeñas cobardías, de las pequeñas posesiones, de las pequeñas cóleras, de los pequeños celos….”. Y, qué duda cabe… ¡Está bien cultivar nuestra generosidad! ¿Quién se va a oponer a que ese aprendizaje a escala humana se pueda gestar en nuestros niños y jóvenes sanos? Pero cuando ese capital (presuntamente no lucrativo) ya alcanzó la suma de los 5 mil 108 millones de pesos, entre 1997 y 2012; cuando a ese dinero se agragan donaciones de extensos predios y, cuando se sospecha de la deducibilidad de impuestos duplicada o concatenada, es difícil dejar de pensar que detrás de los telones de la discapacidad yace un negocio rentable, edulcorado con altruísmo, unión e inclusión de personas y familias doloridas y discriminadas por esta condición.

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