Fecha de Publicación: 20/10/2014
Esta columna fue publicada en el periódico Milenio Estado de México.

Luis Alfonso Guadarrama Rico
Coordinador Ejecutivo de la Red Iberoamericana de Investigación FAMECOM

La Escuela Normal Rural “Raúl Isidro Burgos”, conocida como Normal de Ayotzinapa, ha ocupado los titulares de la prensa y de noticiarios tanto nacionales como locales, así como diversos espacios transmediáticos en medios internacionales.

La dramática y dolorosa “desaparición” de 43 estudiantes de esta Escuela Rural ha puesto al descubierto una vez más, que: 1). El poder político, cuando se ejerce con autoritarismo, las decisiones pueden llegar a tal punto que algunas personas se tornan despiadadas y son capaces de ordenar que mediante acciones letales, se acallen para siempre a quienes osan siquiera disentir en la manera de mirar el mundo. 2). Se ratifica que el poder político en diversos puntos del país está siendo carcomido por la infiltración de la delincuencia organizada y particularmente por el narcotráfico. 3). Que la capacidad que debería tener el estado –centralmente mediante el ejercicio de los tres poderes y de sus instituciones—ha quedado, otra vez, en tela de juicio y con muy poca capacidad, primero, para impedir que se comentan actos tan atroces y llenos de barbarie; segundo, para hacer valer el estado de derecho y aplicar la más elemental de las justicias a quienes han sido lastimados para siempre y de manera irreversible.

¿Cuarenta y tres jóvenes estudiantes “desaparecidos”? No y mil veces no. Son, en principio, además de las 43 existencias que se estaban forjando en el magisterio, 43 familias que han quedado rotas, descoyuntadas y entristecidas para siempre; madres, padres, hermanos/as, tíos/as, primos/as, sobrinos/as que desde el pasado 23 de septiembre han dejado de conciliar el sueño; la comida no les sabe; cada segundo que trascurre está lleno de infinito sufrimiento y angustia. Son, enseguida y de manera indisoluble, muchas otras personas y familias enteras que, ligadas a los 43 “desaparecidos”, por vínculos de compañerismo, amistad o vecindad, han entrado en la intranquilidad y en estado de angustia perpetua. Muchos de esos compañeros, amigos, novias de los 43 jóvenes, seguramente se atormentan por el sólo hecho de pensar que podrían haber estado en el lugar equivocado aquel 23 de septiembre; les debe quitar el aliento. La vida habrá dejado de tener sentido para ellos. La localidad, el municipio, el estado de Guerrero y el país todo, se ensombrecen a fuerza de violencia, agresiones, disparos, robos, asaltos, extorsiones, amenazas o, del pago por concepto de “derechos de piso”. ¿Dónde está el estado? ¿Adónde la autoridad?

Que ante el profundo tormento que les habita, la gente se reúna, comparta información, reclamos y vivencias dolorosas; que se manifiesten para exigir justicia, es lo menos que deben hacer. Que se movilicen para hacerse visibles, es lo menos que podemos esperar.

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