Fecha de Publicación: 06/02/2012
Esta columna fue publicada en el periódico Milenio Estado de México.
Luis Alfonso Guadarrama Rico
Coordinador Ejecutivo de la Red Iberoamericana de Investigación FAMECOM
El conflicto es inherente a la vida. En la especie humana, a pesar del proceso civilizatorio, todavía son pocas la personas que entienden que las relaciones interpersonales conllevan la semilla del conflicto. Ello no debería preocuparnos. ¿Qué tendría que colocarnos a la defensiva? Cuando un conflicto se pretende resolver mediante el uso de la violencia, se transita por el camino equivocado. Si alguna de las partes cree que mediante un grito, manotazo, empellón, golpe y/o silencio, pretende poner en claro “quién tiene la razón”, desde luego, ha errado por todos los costados. Las cifras disponibles en México, generadas por la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares 2006 (ENDIREH), reportan que cuatro de cada diez mujeres casadas o unidas habían recibido, durante los últimos doce meses, algún tipo de respuesta o acción violenta por parte de sus “amorosas” parejas o ex-parejas. La violencia emocional y la económica se llevaron las palmas, con 32 y 23 por ciento, respectivamente. Éstas y otros tipos de violencia avanzan como la humedad; en forma silenciosa pero constante. Quebrantan la identidad; socavan la dignidad, capacidad, autoestima y potencial del ser humano. Por eso, quienes ahora vivan este tipo de terrores, huyan, váyanse del espacio en el que estén. Renuncien. No merecen estar ahí. Pese a la distancia, estarán mejor.
¿Qué exigen los conflictos? Diré que necesitan un Océano (con mayúscula) que se ha de nutrir de muchas corrientes. Dispongo de poco espacio, así que ahora daré cabida a dos virtudes. Sin ser las únicas, me parecen fundamentales.
Prudencia. Una autorregulación para hacer lo más conveniente; lo que se requiere a cada momento; porque se busca la paz, la concordia, la comprensión. Así, el desarrollo del conflicto –entendido como un combustible— servirá para entendernos y tratar de ser mejores, no sólo como parejas, hermanos, hijos, etc., sino a escala humana.
Sentido del humor. Ingrediente esencial para hacer llevadera esta vida conflictiva, breve y sinsentido. Particularmente me he topado con personas que profesan la religión adusta, circunspecta; nutrida por monosílabos que nacen mediante fórceps, como si en ello les fuera la masculinidad. Un filósofo contemporáneo –cito de memoria– escribió: Carecer de buen humor es no poseer humildad, lucidez, ligereza. Es resultar demasiado engreído, agresivo, severo (consigo mismo y con los demás). Una persona carente de sentido del humor, no posee generosidad, dulzura, inteligencia, ingenio…Vamos, a tal punto que todo, incluido a él o ella, le parecen demasiados serios para siquiera sonreír.
¿No queremos ningún conflicto en nuestras vidas? Vayamos al mundo etéreo. Lancémonos a la utopía, a la Nada, como diría Sartre. Allá no hay conflictos. ¿Yo? Prefiero encarar la vida como es: conflictiva, arremolinada, diversa, necia, fortuita; para tratar de responderle con dosis de prudencia y sentido de humor.


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