Fecha de Publicación: 31/12/2012
Esta columna fue publicada en el periódico Milenio Estado de México.

Luis Alfonso Guadarrama Rico
Coordinador Ejecutivo de la Red Iberoamericana de Investigación FAMECOM

Este día y parte de la noche, constituyen fin y principio. Fecha emblemática para  hacer balances y deseos vestidos de esperanzas. Los presuntos anuncios atribuidos a los Mayas no se cumplieron. Gravitaron amenazas sobre el fin del mundo, pero nada ocurrió. ¿Nueva época? Ni renacimiento hubo. Tenemos esa extraña compulsión de creer que, aparejadas a determinadas fechas o años, algo sobrevendrá inexorablemente y que nos destruirá o mejor aún, que algo nuevo surgirá para asomarnos a una vida mejor. Mientras el sistema no cambie, los pocos seguirán con mucho y los muchos con nada o casi nada. Según la CEPAL, destacamos con el distinguido segundo lugar en América Latina, debido a  que por cada 10 millones de habitantes ostentamos un billonario, claro, para beneplácito del capitalismo global. A contrapelo, la desigualdad en México y en el mundo continuaron a galope. En torno a las acciones para mejorar e invertir en educación, salud, vivienda, empleo, ciencia, tecnología y (otro) desarrollo a escala humana, ya veremos que seguirán a la baja. Este mundo neoliberal parece que continuará, organismos multilaterales mediante. Ojalá que Barack Obama logre hoy acuerdos con los republicanos porque si no, comenzaremos a registrar una recesión económica que, algunos especialistas sostienen, en realidad se pretendió negar durante gran parte de lo que fue el calderonismo.

Pero regreso a esta noche. Pascal Bruckner nos recuerda que cargamos con una penitencia invisible. Por un lado, queremos la tajada más sublime de la vida; sacarle el mejor y el mayor néctar posible. Pero al mismo tiempo, con el cúmulo de anhelos, de esperanzas, de propósitos que pronunciamos en una celebración como la de hoy, si no logramos tales objetivos o metas, entonces nos castigamos y nos afligimos ante la montaña de frustraciones que juntamos día a día. Hay que desear menos, esperar y luchar por lo básico, por lo esencial. Y aquello fundamental, como advirtió Epicuro, es no sufrir en el cuerpo ni tener el alma perturbada.

¿Qué deseo? Obstinado que soy: Menos neoliberalismo; más sentido de comunidad y de equidad. Otro tipo de desarrollo a escala humana. Más lectura y escritura. Relaciones cara a cara y menos a través de las pantallas, aunque ofrezcan touch. Más conversación; menos frases huecas. Menos horas dedicadas a la sobrexplotación; más recreación. Menos prisa; más sobremesa y reposo. Más contemplación; menor velocidad. Más sensatez, más prudencia; menor soberbia de aquellos/as que estiman tener la solución de todo, únicamente que no están en el lugar adecuado. Más vida buena; menos hambre y muerte. Más amor. Como lo decía Schopenhauer, el amor, junto con el amor a la vida, es el más poderoso y el más activo de todos los resortes. Veré cómo pinto el 2013.

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