Personalidad en Scaramucci

Personalidad en Scaramucci

Fecha de Publicación: 07/08/2017

Esta columna fue publicada en el periódico Milenio Estado de México.

Luis Alfonso Guadarrama Rico
Coordinador Ejecutivo de la Red Iberoamericana de Investigación FAMECOM

El pasado 31 de julio, a través de redes sociales y de portales de noticias en la red de redes, corría información acerca de la renuncia (o despido) del Director de Comunicación de la Casa Blanca de los EEUU. Se trataba del “carismático” neoyorkino Anthony Scaramucci.

Más tardó en llegar Scaramucci a ese cargo que en aplicarse una especie de Seppuku al generar su destitución por obra y gracia del kaiken salido de su boca. Al sexto día de su arribo a la casa oval, el economista por la Universidad de Tufs y doctor en Derecho, egresado de Harvard, sostuvo una conversación telefónica con un periodista de la revista The New Yorker. En dicha plática, utilizó su acostumbrado lenguaje soez, cerril y genito-vulgar para hablar pestes tanto de Reince Priebus (todavía jefe del gabinete de Donald Trump) como de Sean Spicer, entonces portavoz de la Casa Blanca.

A pocas horas de que el gran amigo de Donald Trump Jr. y de Jared Kushner, yerno del presidente de los EEUU, había expelido sus acostumbrados dislates, el medio de comunicación decidió publicar textualmente lo que el colérico Scaramucci le había dicho con su incontinente desparpajo.

Un refrán dice: A gran nave, gran tormenta. Tales manifestaciones se propagaron y, cuatro días más tarde, el efímero Director de Comunicación de la presidencia estadounidense emprendía su retirada. Claro que no se fue a la calle. Eso sería dar muestras de barrigona ingenuidad. Quizá la familia Trump, empresaria y venida fallidamente a la política, le busque una discreta reubicación en el cuerpo de sesudos asesores o bien, él opte por regresar a sus asuntos en el Wall Street.

Este acontecimiento nos pone frente a uno de los asuntos que usualmente son pasados por alto. Un carácter explosivo, trenzado con expresiones vulgares y ofensivas invariablemente acabarán mal; aparte del daño y de la humillación que generan en quienes lamentablemente las reciben. El temperamento, constitutivo de la personalidad, suele jugar en contra cuando se encaran responsabilidades, sean menores, grandes o gigantescas.

Sigue flotando en muchos ambientes laborales que los jefes o directivos (hombres o mujeres) tienen el “derecho” a lanzar cuanto grito, ofensa o improperio les dicte su desbocado y enfermizo temperamento. A veces, se paga. He aquí la lección.

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