Fecha de Publicación: 02/03/2015
Esta columna fue publicada en el periódico Milenio Estado de México.

Luis Alfonso Guadarrama Rico
Coordinador Ejecutivo de la Red Iberoamericana de Investigación FAMECOM

Se asoman, aunque todavía un poco a lo lejos, las campañas que buscarán ganar la voluntad de la ciudadanía para que se acuda a votar y para que el sufragio vaya en el sentido que desean candidatos y partidos políticos. El caluroso mes de mayo será el recipiente de promesas y propuestas que habrán de brotar de cada candidato/a, según el cargo de elección que se busque. Salen ganando las empresas mediáticas porque se les adelanta su agosto. Al convertirse en vitrinas del espectáculo que se organiza de cara a los potenciales electores, los empresarios reciben una buena tajada de nuestros impuestos por el hecho de “transmitir” las ideas de cuanto partido-candidato/a está en la contienda.

Cada día es más difícil atrapar la atención del electorado a través de la alta velocidad y voracidad con la que operan los hipermedios. Se produce tal cantidad de información cada segundo, que resulta casi imposible seleccionar aquello que es relevante. Como audiencia, los ciudadanos –deseosos de estar al tanto de cuanta cosa sucede en nuestro entorno—estamos poco dispuestos a leer, a escuchar con atención, a meditar sobre los planteamientos que se formulan al calor de las campañas políticas. Lo que importa es la imagen; la palabra, la frase, el eslogan que lo comprime todo. Por eso, cuando se dan los debates entre los contendientes, lo que a la mayoría le cautiva es la fachada. Cómo iba vestido; si trastabilló; si miró hacia donde no debía; si hablaba lento o despacio. Superficialidad, trivialidad, bagatela, insignificancia es que lo suele ocupar nuestra atención cuando acudimos al espectáculo de los debates políticos entre candidatos/as.

¿Proponer? Sí, desde luego que uno espera propuestas. Pero también algunas personas apetecemos que la campaña política sea un proceso de indagación, de diagnóstico, de identificación de necesidades sociales, para luego convertirlas en programa de trabajo y en política pública. Es obligatorio profundizar en los cómo; en las estrategias para atender o resolver un problema; en el trazado de esquemas participativos y de corresponsabilidad entre: población, ciudadanía, sector empresarial, organizaciones sociales y quienes ejercen los cargos públicos. La revisión autocrítica y detallada de lo que se ha realizado en el pasado y cómo se ha puesto en práctica, reviste un asunto de mayor trascendencia de la que usualmente se le concede. Pocas veces se evalúan los programas y las políticas públicas no sólo a la luz de sus resultados (cifras, indicadores, tendencias), sino de cara a los esquemas de operación o de organización que generaron esos magros, lamentables o buenos resultados. Hay que revisar qué se ha hecho y cómo se ha instrumentado para tratar de aprender de nuestros errores y aciertos.

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