Únicamente diez días

Fecha de Publicación: 30/01/2017

Esta columna fue publicada en el periódico Milenio Estado de México.

Luis Alfonso Guadarrama Rico
Coordinador Ejecutivo de la Red Iberoamericana de Investigación FAMECOM

Han transcurrido unos cuantos días desde que el magnate Donald Trump, tomó protesta como el nuevo presidente de los Estados Unidos (EEUU). Debido a la peculiar personalidad de este presidente número 45, mientras esté como tal, tendremos que acostumbrarnos a desayunar, comer, cenar –cuando no a madrugar– con los dislates que viajarán cada que Trump ose respirar. La preocupación de tan perturbadora forma de ser y de pensar del presidente estadounidense es que las órdenes que expele tienen severas repercusiones, por minutos, horas, días, semanas, meses o años, en cientos, miles o millones de personas que se ven dañadas simbólica, emocional o físicamente con el sólo hecho de que inicie la maquinaria gubernamental para hacer cumplir sus recelosas indicaciones. Hay que tener en cuenta que tiene amplias bases de apoyo dentro y fuera de su país. ¡Ganó las elecciones! Como un día desatinó a bromear el expresidente Felipe Calderón “haiga sido como haiga sido”, pero ganó.

Con apenas diez días, desde que pronunció su discurso inaugural, en casi 20 minutos, logró la sintonización de 31 millones televidentes y de otro puñado de conectados a la red de redes, para ver qué iba a lanzar tan popular y vilipendiado nuevo jefe de la Casa Blanca. Desde luego que no me ocuparía de él ni de lo que avienta a diestra o siniestra para decir o contradecirse. Repito: el problema es que sus decisiones son disparadas desde la silla de uno de los países más poderosos del orbe; las repercusiones de sus manotazos adquieren dimensiones mayúsculas y pueden mantenerse por unas horas, días o persistir por el resto de su mandato. He ahí su peligrosidad y la poca o nula posibilidad que tenemos para simple y llanamente “desconectarnos” de cuanto haga o diga el personaje en cuestión. Es un Abraxas, como quizá diría Herman Hesse.

Asistiremos a la exacerbación de la posverdad; término que propuso Anthony Grayling, en el que se advierte que aumenta la tendencia a dar mayor peso y credibilidad a las opiniones, por encima de las evidencias, de los datos, de la “realidad”. Fenómeno que ha cobrado fuerza por lo que sucede en la dimensión online; lo que se tuitea; aquello que circula en redes sociales y se “viraliza”, se trueca en La Verdad, a pesar de que poco o nada corresponda con los hechos ¡Lástima!

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