Fecha de Publicación: 15/04/2013
Esta columna fue publicada en el periódico Milenio Estado de México.
Luis Alfonso Guadarrama Rico
Coordinador Ejecutivo de la Red Iberoamericana de Investigación FAMECOM
Catorce años de chavismo fueron sometidos a prueba ayer domingo por los ciudadanos venezolanos. Casi 19 millones de sufragantes potenciales habrán intentado mover la balanza, sea para lo que representa Nicolás Maduro (continuidad del chavismo) o para Henrique Capriles (anti chavista). En menos de seis meses, la ciudadanía ha vivido dos elecciones presidenciales. El pasado mes de octubre, Hugo Chávez ganó las elecciones, superando por casi dos millones de sufragios a su opositor Henrique Capriles. El régimen impuesto por Chávez no contaba con las trampas de una muerte temprana de su comandante (5 de marzo) y ello puso en marcha la maquinaria gubernamental para ungir a Nicolás Maduro como fiel seguidor de su presidente. Dicen los especialistas que la campaña electoral en Venezuela fue muy breve, del 2 al 11 de abril y, que ello benefició más al candidato oficial; que así fue planeado para tratar de evitar que la oposición ganara más adeptos, de haberse extendido más la campaña. Lo que pasa desapercibido es que Capriles, después de su derrota por la presidencia, participó y ganó en diciembre la gubernatura de Miranda. Eso lo mantuvo en la vitrina político-electoral.
Los sondeos daban como ganador a Maduro. Más allá de las cifras que hoy lunes se conocen, lo que parece interesante es ver cuánta ventaja fue capaz de acreditar el candidato oficialista, al haber estado como presidente interino y, desde luego, al emplear como estrategia la imagen de Hugo Chávez y referencias permanentes a su legado. Por supuesto, todo ello significa haber tenido a su disposición, antes y durante las votaciones, a grandes contingentes de operadores por los cuatro puntos cardinales del país, más el voto puro y duro de los chavistas.
Los votantes en el extranjero, los jóvenes y las mujeres habrán tenido mayor peso relativo en los números que haya reportado Henrique Capriles, debido a que, en esta era, la buena imagen física, la fenotipia acicalada y la “eterna” juventud, operan como referentes para orientar la decisión de un segmento electoral. A este respecto, Nicolás Maduro no las tuvo todas consigo y calificó a la baja en varias de estas áreas. Pero la imagen, aunque poderosa y omnipresente, no lo es todo. Para aquellos electores más enterados, el candidato opositor representa: la apertura económica (con las reglas del neoliberalismo) con “acento social”, como ahora se dice en el nuevo argot; el propósito de reducir la violencia e inseguridad pública y el alto costo de la vida. En tanto, el candidato oficialista connota aquello que se ha calificado como la revolución socialista bolivariana, siempre basado en el guión prescrito por Hugo Chávez. Si como se esperaba, ganó Maduro, él tendrá que aprender a gobernar y a vivir sin Chávez.


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