Fecha de Publicación: 26/11/2011
Esta columna fue publicada en el periódico Milenio Estado de México.
Luis Alfonso Guadarrama Rico
Coordinador Ejecutivo de la Red Iberoamericana de Investigación FAMECOM
Los días previos a la fiesta navideña, que acaban de consumirse, y los que siguen al nacimiento del año nuevo, nos colocan frente a renovados y nobles propósitos. En el vaho del pasado fin de semana y del que se asoma en unos cuantos días, en esta columna les quiero compartir mis votos. Utilizo la expresión “voto”, en el sentido de esperanza, de confianza, pero también de anhelo, de petición, de camino por andar y, por supuesto, como tarea, como invitación a la acción.
Voto por la actividad nutricia del diálogo, de la conversación profunda, de la escucha atenta y, sobre todo, me pronuncio a favor del argumento, en lugar de la descalificación o de las frases inciviles que pretenden dictar sentencia con el fraseo que etiqueta, insulta y descalifica como si fuese su magnífica tarea.
Apoyo a todo aquel que practica la tolerancia. Pero no como una forma de evitar mirar al otro, en su condición, sufrimiento o injusticia, o para dejarlo ser porque así lo dicta su momento, su cultura o su religión. Como ya lo anotó André Comte-Sponville, la tolerancia es nuestro patrimonio, es decir, es de la humanidad y se practica cuando se busca con denuedo la verdad, cuando nos basamos en los aportes de la ciencia. Cuando se conocen expresiones en torno asuntos en los que un Estado Laico debería ceñirse a los aportes científicos y tecnológicos, no queda más que traer a la mente al mismo André, “Contra el peso de los dogmas y de las iglesias [todas], la dulzura de la tolerancia”.
En términos de relaciones intrafamiliares, personales, de pareja, de amistad, laborales, quienes entienden la tolerancia saben (y entienden) que todos tenemos errores y debilidades. Otra vez, uno de mis filósofos favoritos Comte-Sponville, nos recuerda “la primera ley de la naturaleza es [debería ser] que debemos perdonarnos mutuamente nuestras tonterías”. Sólo la capacidad para perdonar nos llevará a una mejor vida.
Gilles Lipovetsky señaló que vivir mejor se había convertido en una especie de mandato. El problema es que para “lograr vivir mejor”, la sociedad consumista nos ha puesto enfrente el confort, los bienes materiales e hiper-individualizados. En esa carrera frenética, nuestras tarjetas de crédito se pueden saturar y vamos a perder el sentido de lo que significaba vivir mejor. Vale recordar una de las máximas del filósofo Epicuro: “Una vida libre no puede conseguir muchas riquezas, porque eso no es fácil de hacer sin dar cabida al servilismo de la turba o de los poderosos”.
Voto por los que abrazan la libertad, los que la cultivan y pagan el precio existencial por ello. ¡Salud por quienes ahora decidirán salir del clóset! La tarea será de los demás; por cierto, ya lo intuían. Todos pensamos y sentimos. Me apunto con quienes ven una oportunidad en el ejercicio diario de su libertad; saben que pueden fracasar o simplemente despejar la incógnita de su propia existencia. Como lo anotó magistralmente Rüdiger Safranski: “La libertad incluye siempre la opción del mal”.


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