Fecha de Publicación: 29/09/2014
Esta columna fue publicada en el periódico Milenio Estado de México.
Luis Alfonso Guadarrama Rico
Coordinador Ejecutivo de la Red Iberoamericana de Investigación FAMECOM
Adolescencia y juventud son conceptos utilizados convencionalmente en el ámbito de las políticas públicas y en el seno de los organismos internacionales. En la revisión sobre políticas y programas de juventud en América Latina, hace poco me encontré con algunas de las escuetas definiciones más utilizadas por estos organismos en el curso de las últimas dos décadas. Comparto tres referencias centrales.
1). Según la Convención de los Derechos del Niño de 1989, con la representación de 191 países, “se entiende por niño a todo ser humano menor de 18 años de edad. 2). La Cumbre Mundial en Favor de la Infancia, propone diferenciar a los niños de los adolescentes, dependiendo de factores culturales. Los primeros están comprendidos en el tramo de uno a 10 años o bien hasta los 14 años de edad; los adolescentes, de los 10 a los 14, aunque otros países como el nuestro, los marcan hasta los 18 ó 19 años de edad. 3). Por su cuenta, la Organización de las Naciones Unidas acepta como jóvenes a las personas comprendidas en el tramo de vida que va de los 15 a los 24 años de vida. Este rango tuvo tal peso que a partir de 1985, los servicios estadísticos de las Naciones Unidas lo utilizan desde entonces para colectar estadísticas globales asociadas a la vida de los jóvenes, especialmente en los renglones de demografía, educación, empleo y salud.
Por ello, los gobiernos de los distintos países se ven obligados a procesar y recalcular sus datos y estadísticas, según la instancia internacional que lo solicita. Es una especie de graciosa reproducción que baña a muchas naciones al interior de sus propias estructuras gubernamentales. Algo así como: ¿Quién pide la información? Entonces la preparo con esos criterios, corresponda o no con la realidad.
Con estas pocas referencias, podemos confundir u omitir a una persona “joven” cuando debe ser registrada como “adolescente” o como “infante”. Muchos seres humanos entre los diez y los 12 años, son niños o niñas y no adolescentes. Este enredo conceptual nos ha dejado en arenas movedizas cuando los países y los gobiernos tratan de poner en marcha políticas públicas y programas dirigidos a la infancia, la adolescencia o la juventud. Lo peor es que pueden quedar en tierra de nadie un conjunto de infantes, adolescentes o jóvenes, según la instancia de la que se trate.
A pesar del creciente interés de los distintos gobiernos del mundo por los y las adolescentes, su atención efectiva ha sido lenta y regularmente episódica. En nuestro país, estos chicos y chicas conforman el segmento poblacional más sano y con menos defunciones. Pero aún así, no se toma en cuenta que es precisamente durante esta etapa cuando ellos y ellas incursionan en conductas de riesgo de toda índole y estirpe. Por ello, urge clarificación.


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