Fecha de Publicación: 17/06/2013
Esta columna fue publicada en el periódico Milenio Estado de México.

Luis Alfonso Guadarrama Rico
Coordinador Ejecutivo de la Red Iberoamericana de Investigación FAMECOM

En 1909 Sonora Smart Dood impulsó la iniciativa de celebrar el día del padre. Corría el año 1996 cuando el presidente Lyndon Johnson, proclamó el tercer domingo de cada mes de junio para dicha celebración. Nuestro país pronto se sumó a esa marca cívico-socio-comercial. Muchos siglos atrás los romanos ya celebraban el “Festival Parentalia” dedicado a reconocer a los padres que habían fallecido; así que espero tardarme mucho para ser merecedor de ese festival románico. A partir del siglo XII, la fiesta dedicada a San José se considera como la festividad del día del padre, especialmente para los cristianos.

Para algunas personas la paternidad ha estado circunscrita a cierta certeza sobre su participación genética en la procreación y, luego, en la huella del apellido que heredan. Hay pobreza espiritual por doquier. Afortunadamente la paternidad ha tenido mutaciones y, si algo le ha caracterizado es que es heterogénea –como la maternidad– a pesar de que la mercadotécnica y la publicidad nos quieran hacer pensar que únicamente hay una manera de ser padre.

La paternidad, hasta mediados del pasado siglo XX, estaba caracterizada por esa coparticipación genética; por una proveeduría económica más o menos constante y por un régimen machista. Les significaba el uso de gritos, los golpes, la aplicación de cintarazos o varazos o, el silencio para intentar comunicar aquello que no les parecía o que reprobaban en sus vástagos e incluso en su cónyuge. Una forma de paternidad que ha tendido a desaparecer en ciertos grupos y clases sociales. Para ese tipo de padres, los hijos y/o las hijas tienen un camino espiritual: el perdón y el olvido.

A partir de la década de los 70 (también hablando del siglo XX) comenzaron a surgir otras paternidades; algunas, marcadas por la permisividad a ultranza, por la ausencia de reglas y por la carencia de diálogo. Ante esas paternidades, hay que prodigar comprensión, pues no sabían cómo actuar sin el uso de la fuerza pero empleando las palabras.

En la madrugada de este siglo XXI, comienzan a ganar terreno algunas paternidades más colaborativas; más comprometidas con la crianza y el desarrollo de únicas/os hijas/os, cuando no de sólo dos o tres descendientes. Cierto, otras paternidades agrias y desentendidas pululan y se ganan el rechazo y rencor de su progenie. Pero en muchas vidas privadas está ganando mayor espacio el amor y las ganas de vivir una paz imperfecta, independientemente de estados civiles o trayectorias de vida de sus respectivos padres. A quienes intentan diariamente, como padres biológicos o de facto, construir paternidades comprometidas, atentas, leales, cálidas y basadas en la riqueza y complejidad del diálogo, a ellos, mi reconocimiento. Felices días para los padres amorosos.

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