Viaje al centro de la vejez

Fecha de Publicación: 30/01/2012
Esta columna fue publicada en el periódico Milenio Estado de México.

Luis Alfonso Guadarrama Rico
Coordinador Ejecutivo de la Red Iberoamericana de Investigación FAMECOM

La moda genera tendencias e integra segmentos poblacionales para hacerles sentir que están dentro de los cánones aceptados. Entre otros de sus efectos, también pone a circular expresiones eufemísticas que limitan tanto el acercamiento a la realidad como una mejor comprensión de la diversidad que contiene la vida. Desde hace algunos años, está fuera de moda hablar de la vejez como etapa final de la existencia. Poco o nada se acepta referir a los viejos. En cambio, se admite: tercera edad, adultos mayores, e incluso, otros más obsequian la etiqueta de “personas sabias”, al conjunto que se desplaza más allá de los 70 años de vida. Existen casos que a pulso se han ganado la apreciación de ser individuos sabios, pero ello no siempre guarda relación con la avanzada edad. Otros de ellos, de plano, viven alejados de esa valoración que otorga la sabiduría. También, para ocultar la condición de viejos, se yuxtapone el de abuelidad. Así, el grupo de abuelitos y abuelitas edulcora la vejez y refuerza la imagen romántica que –especialmente a través de los medios de comunicación—se tiene de la llamada tercera edad.

La imagen mejor posicionada está nutrida por personas de cabellera blanca; de mirada serena y comprensiva; piel surcada por las arrugas y ciertas blanduras que, se sabe, están distribuidas por el otrora vigoroso cuerpo; con una ritmicidad pausada, cautelosa y pródiga en periodos de contemplación; individuos que alcanzaron una profunda comprensión, templanza, generosidad, tolerancia, mansedumbre, buena fe, amor. En suma, la sabiduría que sólo dan los años. Consecuentemente, por moda o quizá por unas cuantas experiencias cercanas, nos inclinamos a imaginar (o desear) que la gran mayoría de los adultos mayores están dispuestos a escuchar, para después regalar consejos a las nuevas generaciones, ya que, desprendidos/as del amor concupiscente, se han expandido hacia el amor filial y que –parafraseando a Comte-Sponville—para esa fase de su existencia, están en pleno goce del amor caritas, de la capacidad de amar al otro, porque está ahí, porque existe, sea quien sea.

Pero hay otra vejez que no se quiere ver, porque dicha expresión está sepulta y, por moda, ha sido remplazada por la tercera edad. Las condiciones en que vive la mayoría de las personas viejas, en este país y en el mundo, tienen como constantes: Enfermedades, sordera,  paulatina ceguera, pérdida del sentido del gusto; dolor físico y existencial, abandono; traición de la memoria y acrecentamiento del olvido; manías agudizadas; temblores espasmódicos. Salvo excepciones, una ascendente fealdad que comienza desde el rostro; una vida que discurre en la escasez, por falta de dinero y por la pérdida de su valor comercial; el temor a perder lo poco que se tiene. Pero cuando además de todo, se vive en la pobreza, estos infames rasgos se acentúan de manera despiadada. Por iconoclasta que resulte, este perfil caracteriza el día a día de muchos “adultos mayores”.

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