Fecha de Publicación: 15/02/2016
Esta columna fue publicada en el periódico Milenio Estado de México.

Luis Alfonso Guadarrama Rico
Coordinador Ejecutivo de la Red Iberoamericana de Investigación FAMECOM

Hace 1746 años el emperador romano Claudio II, mediante decreto, prohibió contraer matrimonio. Él tenía indicios de que los soldados casados se resistían más a menudo a sumarse a la guerra, en tanto no deseaban dejar a su(s) esposa(s) e hijos(as). Aunque ese mandato se cumplió durante un tiempo, el monarca no contaba con la secreta oposición del Obispo Valentín. Al margen de la orden emitida, el obispo decidió casar en secreto a jóvenes parejas. Cuando fue descubierta esa manía de continuar uniendo cristianamente a los enamorados, Claudio II decidió torturar y finalmente decapitar –un 14 de febrero– al desobediente Valentín. Se estima que  hacia el año 498 D.C., el Papa Gelasio I declaró como fiesta de San Valentín el día de su muerte. Amor y muerte: un binomio paradójicamente indivisible.

Aunque algunos estudiosos ha advertido sobre el tufo a leyenda que despide el Obispo Valentín, pero el caso es que tal narración viajó largo rato, de voz en voz, durante la oscura Edad Media, por los territorios franceses e ingleses, hasta llegar a los Estados Unidos Norteamérica (EEUU) durante el farragoso siglo XIX. Las crónicas dicen que en 1920 se llevó a cabo por vez primera esta festividad en nuestro México lindo y querido.  Hoy, en varios países, incluso orientales, se dedica un día a los enamorados.

La celebración de ayer domingo tiene profundas raíces en el siglo III, D.C., y se cuece en el esquema de las parejas heterosexuales que deseaban unirse, quebrantando el orden del imperio y mandato del emperador Claudio II. Dicha celebración felizmente da cabida a muchos, muchísimos tipos de amor. Únicamente por dar un breve paseo, daré cuenta de los siguientes:

El amor que pervive y que cultivan cónyuges (heterosexuales), unidos por vía religiosa y civil o, sólo por una de estas vías. El amor entre parejas que han sabido vivir juntos, sin que medie  más documento que su férrea voluntad e indestructible sentido amoroso. El amor entre parejas del mismo sexo que por su gran fuerza y valentía han logrado casarse por vía jurídica, aunque mayoritariamente en la Ciudad de México. Los amores clandestinos que gravitan a diestra y siniestra, pero que han sabido cultivar su historia juntos(as), sobreviviendo en la balacera de los dimes y diretes. Los amores secretos; aquellos  de los que nunca se ha sabido nada ni se han atrevido a decir su nombre. Los amores que lo fueron, pero que al romper, optaron por cultivar una amistad sui géneris. Los amores por venir, pero que por ahora surcan los senderos del flirteo, del merodeo, de la conversación que bordea y explora sus posibilidades. El amor entre muy jóvenes, adultos, entre personas mayores (tercera edad) que, al paso del tiempo, intentan reanimarse, para hacer el mejor monumento al Amor: Sin muerte.

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