Fecha de Publicación: 23/06/2014
Esta columna fue publicada en el periódico Milenio Estado de México.

Luis Alfonso Guadarrama Rico
Coordinador Ejecutivo de la Red Iberoamericana de Investigación FAMECOM

Así le decía uno de sus nietos a la Señora Bertha. Ella nació en el año 1935. Para aquella época, en un poblado que quedaba alejado de la ciudad capital. Como otras mujeres, cuando joven emigró a la ciudad para buscar trabajo. Pronto se casó y tuvo siete hijos, aunque le sobrevivieron cinco. Quizá por ello, tuvo fuerza amorosa para adoptar a uno de sus sobrinos. Poco después de los cuarenta años, aún sin darse cuenta, avanzaba su diabetes. Años más tarde, luchaba para no perder una de sus piernas, como resultado de la enfermedad. En un lapso corto, le fueron amputadas ambas extremidades inferiores, a pesar de las promesas que le habían infundido mediante terapias apoyadas con las cámaras hiperbáricas. Luego sobrevino la terapia física y la consecuente silla de ruedas. Asombrosamente, no cayó en depresión ante la mutilación que había sufrido en unos pocos años. Sus días sedentes se nutrieron de estar a la espera de cada alimento; de altas dosis de televisión; de juegos de naipes y de mucha compañía amorosa y otras de medio pelo, en lo espiritual.

Cada cumpleaños y días de navidad, solía advertir a su familia que podía ser el último. Su existencia se despeñó aún más cuando comenzaron las tardes-noches que la envolvían en las fastidiosas sesiones de diálisis. Hace poco ingresó a la fase de la hemodiálisis y su cuadro se agravó más. Tenía muchos momentos de gran disfrute. Uno de ellos, degustar sus platillos favoritos; todos prohibitivos para su cuadro clínico. Cuando joven, solía ensayar sus propias recetas y modificar con alegría otras tantas. Otros luminosos periodos consistían en charlar largas horas con sus comadres y compadres de antaño y de viejo cuño. La compañía y atención de sus hijas e hijos; de sus nietas y nietos, le aderezaban con el mejor sabor cualquier momento de su pesado acontecer. Como muchas madres, el afecto materno más profundo se dirigió hacia uno de sus hijos varones. Todos los sabían, pero sin ningún resabio de reclamo o de antipatía, le aceptaban y entendían sin reparo alguno.

Hace pocos días ingresó al hospital público, para recibir una más de sus primeras sesiones de hemodiálisis. Súbitamente tuvo un paro respiratorio. Está inconsciente y sedada. Cada segundo que transcurre, si su sistema nervioso algo registra, le hace sentir dolor y rechazo. Los médicos y enfermeras siguen el protocolo de las 72 horas para ver si reacciona e inyectan altas dosis de medicamentos, esperanzados en que algo resulte favorable y Bertín regrese. Todo es gris y a menudo oscurece. Cuando alguien le dijo al médico de turno que debían “desconectar” a la señora, la religión invadió a la ciencia médica. Entonces el galeno espetó: A mi me toca hacer todo lo posible para mantenerla “viva”; el de allá arriba, sabrá cuándo. ¿Y… si allá arriba no hay nadie? ¡Cuánto dolor en su nombre!

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