Fecha de Publicación: 26/08/2013
Esta columna fue publicada en el periódico Milenio Estado de México.

Luis Alfonso Guadarrama Rico
Coordinador Ejecutivo de la Red Iberoamericana de Investigación FAMECOM

Muchas ocasiones escuchamos la trascendencia que tiene la conversación profunda. Dedicar tiempo a charlar, a darle vista a aquello que nos ocupa y preocupa, constituye el medio por excelencia para intentar comprendernos. A pesar de las bondades que reviste el diálogo, con esta prisa que caracteriza a la época, damos por hecho que basta con tener el interés o el deseo de platicar con determinada persona, para que por arte de magia emerja la ansiada comprensión entre los hablantes y la anhelada “buena comunicación”.

Quienes cultivan cotidianamente la conversación profunda, pronto se dan cuenta de las enormes dificultades que reviste expresarnos frente al otro y que nuestro interlocutor sea capaz de alternar con interés, prudencia y serenidad, en este complejo ejercicio. Al usar frases, ideas simples o complejas, entran en acción una multiplicidad de significados que muchas veces pueden estar lejos o totalmente fuera de lo que pretendíamos hacer saber.  Este viaje insospechado de sentidos que explotan en el cerebro de la persona que nos escucha, puede estar relacionado con la forma, con los términos empleados, con la secuencia que le dimos a nuestras expresiones; pero también es dable que dichas connotaciones sean el resultado de lo que esa persona le quiere asignar a nuestras locuciones.

Uno dice, el otro interpreta y, sobre dicha complejidad, ambos responderán con “emopalabras”, es decir con términos articulados y cargados de emoción (pueden ser: alegría, enfado, celos, interés, vergüenza, amor, miedo, tristeza, frustración, admiración, simpatía o sorpresa) y de cierto raciocinio. Cuando charlamos no sólo están en juego palabras o frases como tales, sino que constituye un ejercicio de doble vía. Uno, rápido y turbio, cargado de emociones y, otro, más lento y con cierta precisión (pero no infalible), es decir, de esa lógica que nos dan las funciones racionales.

¿Conversar? Sí. Pero sabedores de que está en juego mucho de lo que somos. A su vez, la relación tejida entre los interlocutores operará como soporte (frágil, fuerte o insospechado) del rumbo que tome la conversación sobre determinado tópico. Es complejo platicar a fondo, pero también es cierto que pocas personas han advertido la riqueza que tiene el silencio. No habría conversación sin la presencia del silencio. El silencio ético y civilizatorio del que escucha mientras el otro habla. El silencio da origen a la reflexión; cauce a la mesura; abre el camino a la meditación. Como dijo David Bretón “No hay necesidad de amueblar siempre el tiempo con palabras: muchas veces, la presencia basta por si sola. El silencio también es comunicación…”. Paso a paso, esas conversaciones insondables requieren validación mediante acciones, so riesgo de tornarse vacías.

Dejanos tus comentarios

  • Proyectos de Investigación en Familias y Medios de Comunicación

  • Licencia Creative Commons

    Las obras que aquí se publican están protegidas bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

  • Visitas al sitio:

    52.391 visitas

  • Acerca de este Sitio:

    El propósito es difundir y divulgar la ciencia a través del acceso abierto, mediante documentos de investigación y de divulgación, generados por el Dr. Guadarrama Rico. En todos los casos, se hacen las referencias correspondientes a los derechos de autor, coautorías, así como a las fuentes donde originalmente fue editado el material. Este espacio no tiene fines de lucro.