Fecha de Publicación: 18/06/2012
Esta columna fue publicada en el periódico Milenio Estado de México.
Luis Alfonso Guadarrama Rico
Coordinador Ejecutivo de la Red Iberoamericana de Investigación FAMECOM
Justo como ayer, el tercer domingo de cada mes junio, celebramos el Día del Padre. Uno de los dos parentescos que aportan identidad a cada persona. Nos lleva la delantera la valoración cultural en la que se celebra el Día de la Madre, pero es el apellido del padre el que troquela a cada individualidad, para bien, para mal, para siempre o para nada.
¿A quién le debemos esta festividad? A una norteamericana –de nombre Sonora Smart Dodd– quien vivió a principios del siglo XX, cuyo padre se hizo cargo de criarla a ella y a sus cinco hermanos y hermanas, debido a que su madre murió durante el 6º parto. Por su notable quehacer de crianza y de cuidados, Henry Jackson Smart fue el primer norteamericano en ser reconocido en 1910 por su labor paterna. Inicialmente, se efectuó el 19 de junio de cada año, en tanto era el día y mes en que había nacido el señor Smart. Posteriormente, en 1966, el presidente norteamericano número 36, Lindon Johnson proclamó que cada tercer domingo del mes de junio, se dedicaría a esta festividad. En México, fue otra hija que admiraba a su progenitor, María del Carmen Alicia Tostado Gamboa, quien en 1946, logró institucionalizar los días 15 de junio para festejar el Día del Padre. La primera celebración ocurrió en su natal Torreón y pudo abarcar hasta Saltillo. Con ello, Carmen se le adelantó al Diario El Universal, pues el rotativo comenzó a dar cuenta de este reconocimiento socio-familiar hasta el año 1948.
La idea de este pasado domingo, es el reconocimiento a las personas que están cerca de sus vástagos y que se comprometen, diariamente –lo que no siempre exige su presencia física– con una de las funciones socioculturales más trascendentes, la de contribuir a la formación de un ser humano para que sea una persona buena, digna, amorosa, solidaria, fraternal, respetuosa, cortés, comprensiva, templada, esforzada, con buen humor, disciplinada y sencilla. Lo decía el notable ensayista francés Michel de Montaigne: “se requiere poca destreza para [tener hijos/as], pero una vez que han nacido, asumimos la carga de una tarea variada, llena de preocupación y de temor para formarlos y criarlos”. La buena paternidad no constituye un lugar al que un día se puede llegar para decir: lo he logrado; o bien, soy un buen padre. Es una labor permanente, imperfecta, poco predecible, múltiple, siempre parcial, llena de intentos y de no pocos fracasos, acaso tanto como de logros, aunque estos últimos no se puedan apreciar fácilmente. Y eso es lo que celebramos, no a los padres biológicos, sino el ejercicio de la paternidad frente a ellos o ellas; el acompañamiento que tenemos de la madre; el vínculo con nuestros hijos e hijas; un parentesco que al mismo tiempo nos desafía e ilumina. En suma, el cultivo de una posible dimensión humana.


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