Fecha de Publicación: 30/06/2014
Esta columna fue publicada en el periódico Milenio Estado de México.
Luis Alfonso Guadarrama Rico
Coordinador Ejecutivo de la Red Iberoamericana de Investigación FAMECOM
Por enésima ocasión la Selección Mexicana de futbol soccer nos dejó con el sabor amargo que propina la derrota. Mucho se pensó (nos ilusionó) acerca de la ronda a la que se podría llegar. Que si cuartos de final estaba al alcance o, más allá. Seguimos cargando los “porporquito”, “casi lo logramos”. Desde otra puerta, tenemos a la mano: Bueno, pero jugamos como nunca; dimos un gran partido; no nos dejaron ganar. O bien, la explicación de nuestros magros resultados por culpa de los demás, en este caso, de una falta que “no cometimos”.
Le debemos mucho a este deporte de masas. Económicamente, que duda cabe, la mayor tajada se la han llevado (y seguirán) los megaempresarios de los equipos y los dueños de los medios de comunicación. Desde luego, la FIFA siempre adelante en materia de ganancias, pase lo que pase. El futbol, para una buena parte de Europa y de América Latina, aglutina a los/as aficionados/as, les reúne, convoca, divide, marca fronteras, fortalece identidades, da materia para nuestras efímeras alegrías, tristezas, bochornos, soberbias e iras. Pocos deportes aportan tanto como este juego de conjunto. En las selecciones nacionales, los linderos, rivalidades y cajones identitarios de los equipos locales, se desvanecen para hacer posible la comunión con el equipo del país, con la patria; en nuestro caso, con nuestra compleja, enredada y dominada mexicanidad. El balompié aporta tela de dónde cortar para largas, acaloradas y expertas charlas acerca de lo que está sucediendo, ocurrió o está por acontecer en los próximos minutos, horas, días, meses o años; una fuente interminable para el análisis erudito, libertino o fanfarrón.
El futbol tiene cualidades, defectos y un cúmulo de contrastantes. Como deporte, exige conocimiento, práctica, disciplina y méritos para ocupar un puesto, sea dentro o fuera de la cancha. Aunque siempre esté presente la red de vínculos sociales que circundan a jugadores, técnicos y dueños de los equipos. Cualquiera se atreve a opinar sobre este trabajo que nutre la cultura del espectáculo. Muchas personas suelen calificar, descalificar, defender, ostentar, ofender, explicar, relatar, pronosticar e incluso dirigir desde cualquier sitio a uno o más equipos, por lejano que se halle el “director técnico”. Estos y otros comportamientos se pueden exhibir, reservar o colgar con mucho, mediano o nulo conocimiento. Lo maravilloso, es que a este entretenimiento, en lo económico y en lo político, le va bien, con independencia de los resultados que arroje cada justa deportiva. En suma: Dos partidos ganados; millones de personas (des)ilusionadas. Quedamos eliminados, punto. Como el Mito de Sísifo, ciegos, otra vez, vamos por el peñasco que acaba de caer hasta el valle, para llevarlo a la cima del próximo mundial de 2018.


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