Fecha de Publicación: 03/10/2016

Esta columna fue publicada en el periódico Milenio Estado de México.

Luis Alfonso Guadarrama Rico
Coordinador Ejecutivo de la Red Iberoamericana de Investigación FAMECOM

Ser o parecer diferente a la mayoría de la población, sea física, psicológica, situacionalmente o debido a determinado tipo de pautas y/o comportamientos, abre la posibilidad de ser sujeto de estigmatización. La o las personas son señaladas y separadas del resto, por los grupos que forman parte de una mayoría “normalizada”. Lo quieran o no, se den cuenta o no, adscriben una diferencia, una condición que desacredita, excluye, menosprecia, margina e incluso, puede mutar hacia el peligro; peor aún, a la criminalización de quienes están rotulados fuera de la “norma”. Consecuentemente, se despoja a esa persona o grupos, de las garantías estipuladas en sus Derechos Humanos, así como en constituciones políticas, leyes, normas y reglamentos que tienen países como el nuestro.

Como un día escribió el sociólogo canadiense Erving Goffman, formado en universidades estadounidenses, “Para la persona estigmatizada, la inseguridad relativa al status [como ser humano pleno y normal] prevalece sobre una gran variedad de interacciones sociales”.  En nombre de la “normalidad”, se separa a personas y grupos; se les limita, condiciona o escamotea el ejercicio de sus derechos.

En nuestro país, a pesar de grandes avances, prevalecen menosprecios por aspectos: raciales, económicos, educativos, ocupacionales, de sobrepeso y obesidad, subempleo y desempleo, enfermedades que dejan marcas visibles en el cuerpo, discapacidades congénitas o adquiridas (a pesar de la gran cantidad de teletones celebrados o vituperados) y, desde luego, sobre la base de creencias religiosas, ateísmo, posiciones políticas, orientaciones sexuales, familias que escapan a los mandatos heteronormativos de una mayoría machista y patriarcal que intenta mantener su imperio. Por si fuese poco, hasta por gustos musicales y formas de vestir se adscriben fallas imperdonables, dignas de acabar en el cadalso. Como los hongos, por todos lados nacen nuevas formas de estigmatización y, sus consecuencias: la exclusión, el rechazo, la evitación, la desatención, cuando no el castigo, a la hora de interaccionar con “los otros”.

¿Qué está sucediendo y qué pasará, ahora que una nueva oleada de inmigrantes, procedentes de África, están llegando a México por el sureste? El grupo más numeroso acaba de arribar este pasado mes de septiembre y alcanzó las 4,500 personas. Sin estigmatizar ¿qué hará el gobierno de este país? Hay que estar al tanto.

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