Fecha de Publicación: 07/05/2012
Esta columna fue publicada en el periódico Milenio Estado de México.
Luis Alfonso Guadarrama Rico
Coordinador Ejecutivo de la Red Iberoamericana de Investigación FAMECOM
Ayer domingo, en la noche, ocurrió el primer debate entre los candidatos que aspiran a ocupar Los Pinos. Habrá quienes hayan optado por disfrutar del partido del futbol en vez de postrarse frente al televisor a ver cómo “debatían” los tres masculinos y la candidata del partido albiazul. Muchos otros ciudadanos, habrán estado haciendo zapping con el telemando, para ver cómo iba el partido y el primer round de la contienda por la silla presidencial. Otras personas más, habrán puesto un ojo al gato (el fut) y otro al garabato (el debate), pues la mayoría de los hogares en México tiene dos o más aparatos de televisión y casi un tercio dispone de acceso a internet, por ende, a YouTube ¿Olvidaron estas cifras? Por eso, me sorprendió que varios medios de comunicación, periodistas, analistas políticos y algunos Consejeros Electorales del IFE, casi se desgarraran las vestiduras por el hecho de que la empresa Televisión Azteca hubiese puesto por encima del “interés ciudadano”, un partido de futbol profesional de primera división.
He de recordarles que muy difìcilmente a través de un programa de televisión se puede aspirar a debatir ideas o planteamientos de altos vuelos. Para eso, la pantalla chica, por más ultraplana y de alta definición que sea, simple y llanamente no sirve. ¿La razón? La producción televisiva está atada al segundo, es decir a tener que intentar decir algo en pocos instantes. Cuando una persona interviene en televisión por esapcio de dos o tres minutos, la noble audiencia se cansa, se agota, se distrae, pierde el hilo del planteamiento más elemental ¿Por qué? Está habituada a videomensajes que difícilmente superan los 30 segundos y a cambios microtemáticos permanentes. Por ello, la televisión es la ventana del en-tre-te-ni-mien-to, sirve para la di-ver-sión; poco, mal y nada para el análisis detallado o profundo.
Si efectivamente se tratara de abrir el debate de planteamientos políticos, de cara a la ciudadanía, existen otros recursos. Por ejemplo, foros, simposia, coloquios, etc., pero siempre cara a cara y mediante un formato en el que se dé cabida a la exposición, al desglose de las ideas, a la réplica, a la defensa o argumentación y a la contrarréplica. Uno o más moderadores avezados, siempre contribuyen a este tipo de ejercicios. Desde luego, hay otras formas más sofisticadas como escribir y publicar ensayos o disertaciones y, convocar al debate por escrito y, luego, frente a frente. Pero eso está muy lejos de los intereses de la mayoría de los políticos que campean por estas praderas nacionales.
¿Desde cuándo un presunto debate político –en México y en otros países pobres y desiguales– forma parte de las prioridades de los ciudadanos o de la población en general? Sugiero revisar más a menudo los reportes generados por el IBOPE, en materia de rating televisivo. Como se sabe, el grueso de la programación y de la publicidad que degustamos o vomitamos –siempre a trozos– procede del duopolio Televisa-TV Azteca. Les comparto rápidamente los géneros que más audiencia tuvieron hace casi un año: Telenovelas (13 a 24 puntos); Programas de concurso (13 a 21); deportes (18 a 11 puntos, especialmente futbol); películas (10 a 17); programas de Talk Show, al más puro estilo de la peruana Laura Bozzo y de Cosas de la Vida, conducida por la inefable y presunta neo-conservadora Rocío Sánchez Azuara (13 a 15 puntos) ¿Noticiarios? Simplemente no figuran entre los primeros diez lugares de la tabla. ¿Programas culturales, de análisis, documentales o reportajes científico culturales? Los de mayor éxito, apenas alcanzaron dos unidades, pero la mayoría no consiguió un punto.
Puesto de otro modo, de los 29 millones de hogares que se reportan oficialmente en México, muchos de ellos no consiguen que los sintonicen ni siquiera 290,000 viviendas familiares a lo largo y ancho de la orografía nacional. Cada punto de rating de un programa televisivo o radial, en nuestro despolitizado pero tozudo país, equivale a 290 mil hogares que sintonizan el programa en cuestión. Así que, haga usted una sencilla multiplicación: cada punto por 290 mil hogares, sólo para el caso mexicano. Entonces se entenderá la dimensión y la resonancia de los programas, en términos de rating. Quiero aderezar esta ensalada de cifras con algunos indicadores más: ¿Grado de escolaridad de la población mexicana? Tercero de secundaria. ¿Pobres en México? Casi la mitad ¿Libros leídos al año? Con muchísimo trabajo, tres por cada persona alfabetizada! ¿Qué esperamos? ¿Audiencias ciudadanas interesadas en el debate político o en la pasión que despierta el futbol? ¡Vamos… pero qué desgarradura de vestimentas! Más pudor frente a nuestras miserias, por favor.


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