Fecha de Publicación: 12/11/2012
Esta columna fue publicada en el periódico Milenio Estado de México.
Luis Alfonso Guadarrama Rico
Coordinador Ejecutivo de la Red Iberoamericana de Investigación FAMECOM
Recientemente, el otrora multi campeón del ciclismo en el Tour de Francia, el norteamericano Lance Armstrong, ha sido despojado de los 7 títulos que, en forma consecutiva, conquistó de 1999 a 2005. Los especialistas y la élite de los comités internacionales se hacen nudo cuando se preguntan cómo pudo haberle ocurrido dicha tragedia a un deporte que –si algo le caracterizaba—era su complejo y pulcro sistema para evitar las trampas que pudiesen empañar su inmaculada competencia.
Pero otro sistema, articulado por personas; proclives al poder y al dinero, usaron la alta tecnología para tratar de evitar la detección de una sustancia (la hormona eritropoyetina) que le hizo ganar artificialmente a Lance cada uno de sus laureles. Tanto él como muchos otros, obtuvieron fama y estrellato por espacio de 2555 días, con sus muchas más noches, como diría Joaquín Sabina. Como nadie en el ramo, Lance Armstrong se vistió de gloria. Lo logró en un deporte que se creía impoluto y, enmarcado en el Tour de Francia, nada más se podía pedir. El Edén, visitado siete veces; no sólo por el campeón, sino por todo el séquito que le rodeó y por los patrocinadores, que también degustaron el néctar de la superioridad.
Desde el más reciente ejemplo que nos aporta Lance Armstrong, podríamos formular la siguiente pregunta ¿Tiene sentido una vida llena de triunfos, pero que ha estado basada en la ilusión? La característica central de la ilusión es que se refiere a un concepto, representación o imagen que no es real; que se nutre de la falsedad; es cuando los sentidos (y las estrategias) se han alineado para lograr el engaño. Aún así, las personas, los grupos o las organizaciones –sabedoras de que esos elogios no corresponden con la realidad—disfrutan del almíbar, aunque sea una entelequia, una quimera. Ya lo apuntó el filósofo francés Luc Ferry: “Reconozcámoslo: el mundo contemporáneo, por motivos que no debemos eludir, incita por todas partes a la ensoñación. Su impresionante séquito de estrellas, su cultura del servilismo ante los poderosos y su amor incontrolado por el dinero tienden a presentárnoslo literalmente como un modelo de vida”.
Los altos jerarcas de la Unión Ciclista Internacional (UCI) tuvieron que desconocer los siete campeonatos del ciclista norteamericano Armstrong. Pero ¿qué pasó con los presuntos derrotados, con quienes, quizá limpiamente, estuvieron en segundo, tercer o noveno lugar de Lance? ¿Merecen, post-competencia, un reconocimiento piadoso y un mejor lugar? Como dicha situación exige una deliberación verdaderamente ética, lo que han hecho en la UCI es salirse por la tangente: declarar desierto, durante esos siete años, cada galardón. Indudablemente, una clara muestra de pereza mental.


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