Leer, como propósito y como desafío

Fecha de Publicación: 02/01/2012
Esta columna fue publicada en el periódico Milenio Estado de México.

Luis Alfonso Guadarrama Rico
Coordinador Ejecutivo de la Red Iberoamericana de Investigación FAMECOM

El teclado de mi computadora todavía está envuelto en los aromas del romero (por cierto elaborado con la mejor de las recetas), del pavo, las aceitunas, del vino tinto y del buen café recién preparado. Sí, ya sé que en esta columna es día lunes 2 de enero de 2012. Pero como les digo, es el teclado de esta laptop el que me recuerda la pasada noche vieja y el despuntar del año nuevo.

Seguramente fuimos generosos y entusiastas en planes, meta y en renovados propósitos para este año que recién comienza. ¿Qué tal las ideas en torno a retomar la dieta, siempre abandonada porque nuestra templanza no dio mucho de sí? ¿Qué espacio ocupó, durante los días pasados, la meta de regresar o comenzar –ahora sí– a hacer algo de ejercicio diario? ¿Qué le sucederá a nuestro plan de cumplir a pie juntillas las pautas marcadas por Dioniso? Esta divinidad del movimiento, de la aparición, el dios griego del desenfreno decía: “No preparo para la gente sensata más que tres cráteras (vasijas); una de salud (hugeia) que beben en primer término; la segunda, de amor y de placer; la tercera, de sueño. Después de haber vaciado ésta tercera, los prudentes se van a acostar. La cuarta no la conozco. Pertenece a la insolencia”. Este pasaje nos lo cuenta Marcel Detienne, en su breve y apreciable texto: Dioniso a cielo abierto. Los días por venir dejarán huella para dar cuenta qué tanto cumplimos: “las tres de rigor”.

También supongo que, entre otras buenas intenciones para este año nuevo, habrá figurado el de la lectura; la descomunal meta de leer diariamente; la firme empresa de alcanzar el estándar elemental como lector (8 libros al año); qué mejor si son quince los textos que conseguimos engullir con ojos y cerebro para entonces obtener la medalla de lector intermedio; aún más si devoramos 25 libros en un año para estar en el cuadro de honor de gran lector/a. Claro que alcanzar una meta de esta solidez y brillantez está muy reñida con las horas que pasamos frente a la televisión (encendida, desde luego) para ver una suerte fragmentos de todo y nada, al ritmo de lo que dicta el zapping que hacemos con el telemando; con viajar en autobuses que nos abruman con la radio o los monitores que retransmiten las malas y peores películas hollywoodenses; con la asistencia a cafés o restaurantes que han decidido decorar sus muros con magnas pantallas planas para divulgar toda suerte de videoclips y de encuentros deportivos de todas latitudes. Por supuesto, el principio es que todos somos o tenemos que ser homovidens.

Decodificar signos, interpretarlos, enfrascarse en la humana y civilizatoria actividad de la lectura, resulta poco menos que imposible, aún en el restaurante que ostenta una baja afluencia y la más silente de las atmósferas, debido a que la mayoría de las personas que disponen de un teléfono celular, con el mayor de los desparpajos y la menor de las consideraciones, nos avientan en cara y oídos, a voz en cuello, sus conversaciones privadas. Y lo hacen, por el egoísmo que les galopa a lo largo y ancho de su manera de mirar el mundo y por la idea machista de que como ellos/as pagan su servicio telefónico; entonces, irrumpen otras conversaciones cara a cara, pensamientos y, desde luego, nuestros intentos de lectura.

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