Maternidades – Parte I

Fecha de Publicación: 09/05/2016
Esta columna fue publicada en el periódico Milenio Estado de México.

Luis Alfonso Guadarrama Rico
Coordinador Ejecutivo de la Red Iberoamericana de Investigación FAMECOM

Mañana se abre espaciosa jornada para festejar a las madres de diversas familias en nuestro país. Hay  un caudal de motivos para dicha celebración; de entrada su invención como fiesta sociocultural, comercial e incluso cívica. Alrededor de las mamás de carne y hueso, gravita una figura mítica dominante: la de una mujer que, desde que nace, por obra y gracia de quién sabe qué amaño, tiene el “instinto” de llegar a ser progenitora.

Si tal deseo profundo no lo expresa o no lo materializa antes de que su reloj biológico concluya, será colocada en el cajón de las mujeres incompletas; de las frustradas; de aquellas que no pudieron; que no quisieron o, que no lograron ser fecundadas para dar cauce a una nueva y hermosa vida. Las “sin hijos” serán tildadas de mujeres fracasadas, infelices, histéricas o de lesbianas. Porque los cánones dictan que si se nace de sexo femenino, hay que hacerse mujer heterosexual; al hacerse tal, entonces lo que deviene “por naturaleza” es un día concebir y parir, con o sin matrimonio de por medio, con o sin pareja concordante o discordante, pero procrear.

Merodea también, en el mismo espectro radial de muchas damas de carne y hueso, la exigencia de aproximarse sistemáticamente, a pie juntillas, al conjunto de características que las radionovelas, el cine mexicano y la música mexicana de antaño, edificaron como estereotipo de la Madrecita Mexicana. Primero, a través de su capacidad, voluntad e inquebrantable fuerza para realizar a lo largo de su vida un trabajo doméstico agotador e invisible y, por ende, no valorado; excepto que sea el bendito 10 de Mayo.

Ronda un sistemático cultivo del sufrimiento que una buena ama de casa debe llevar en la barca de un silencio sepulcral; mismo que puede aflorar discretamente en medio de un llanto siempre contenido, para no desesperar al silente y adusto marido ni tampoco inquietar a sus ingratos y distantes vástagos. Por si fuese poco, ese estereotipo que pesa entre algunas mujeres de nuevas generaciones, exige tres “cualidades” más:

1). Claro dominio en la cocina, hasta colocarse como abanderadas de un sazón como no hay otro igual, es decir, “nadie cocina como mi Santa Madre”, rezarán algunos hijos muy rociados de complejo edípico.

2). Capacidad incombustible para atender, cuidar, curar, proveer, comprender, dejar descansar y reanimar, –sin exigir nada a cambio–  a todos los(as) integrantes de su sacrosanto hogar.

Por último, a fin de proyectar ese halo de virtud, de matriz pura,

3). Ha de ocultar, cuando no arrinconar en lo más profundo de sí, su condición ser sexuado, por ende, sin pasiones ni deseos de ser tocada eróticamente o amada en tanto mujer deseante y deseada. Si se sabe de un encendido amor, corre el riesgo de no ser considerada una Santa Madre…

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