Fecha de Publicación: 23/05/2016
Esta columna fue publicada en el periódico Milenio Estado de México.
Luis Alfonso Guadarrama Rico
Coordinador Ejecutivo de la Red Iberoamericana de Investigación FAMECOM
Colorean este mundo de las maternidades, aquellas que tienen y tendrán sólo un hijo o una hija. Hay una presión social hacia quienes procrean unigénitos(as). Circulan mitos y verdades acerca de los “problemas” que genera ser hijo(a) único(a). Con el aprendizaje de las formas de crianza no puede haber comparación con otro(a) hijo(a); la fraternidad en los vástagos únicos se edifica en otros sitios. Lo cierto es que, en la mayoría de los casos, las madres no la pasan bien y suelen sentirse en las laminillas del flamígero microscopio religioso y social.
¿Qué tal cuando las progenitoras lo son en 2 o 3 momentos distintos de su vida? Aquellas que tuvieron uno o dos hijos(as) entre los 20 y 25 años de edad; que luego se separaron o se divorciaron; que después encontraron nueva(s) pareja(as) y que pasados episodios iniciáticos —diez o quince años más tarde—reanudaron la crianza, únicamente que ahora envueltas en los calores del internet, la menopausia, las redes sociales, la permisividad e inéditas pautas de formación. Por si fuese poco, algunas padecen la selva de las recurrentes neo-crisis de pareja; con hijos(as) que viven en el mismo techo, pero (des)articulados por las naturales brechas generacionales. ¡Una de las muchas delicias de la maternidad mega-moderna!
Poco espacio se ha destinado al diverso grupo de féminas que, aún habiendo decidido no concebir, a la vuelta del tiempo, se ven inmersas en el cumplimiento de una gran parte o de todos los roles que exige la santificada maternidad. Se trata de hijas-primas-tías-hermanas o de nuevas parejas que, entretejidas por distintos lazos de parentesco se “convierten” en mamás de facto de seres que no fecundaron. En tanto no gestantes biológicas de algunos(as) querubines, cumplen abundante y generosamente el papel de madres simbólicas. Es altamente probable que exista un segmento de ellas a las que, injustamente, nunca les llega(rá) el merecido reconocimiento en vida. Ingratitud y miseria humana.
Para salir al paso de lo que recientemente el presidente Enrique Peña Nieto firmó en torno a los matrimonios igualitarios ¿Cómo no ocuparnos de las maternidades que habitan en el cosmos de la diversidad sexual? En el mundo de las homofamilias, celebro que ahora con todo el respaldo legal, comenzarán a cobrar visibilidad formas de maternidad en las que el sexo biológico de la persona nos ponga un merecido galimatías socio-antropológico y global. Quizá entonces empezaremos a entender que la maternidad no es un “esencialismo” que se les puede o debe exigir únicamente a seres humanos de sexo femenino, sino que las pautas y comportamientos que hemos querido encorsetar en “una buena madre”, lo podemos desarrollar todos los seres humanos, independientemente de nuestro sexo.


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