Fecha de Publicación: 25/07/2016
Esta columna fue publicada en el periódico Milenio Estado de México.

Luis Alfonso Guadarrama Rico
Coordinador Ejecutivo de la Red Iberoamericana de Investigación FAMECOM

Necesitamos detenernos para mirar lo que está sucediendo en la parte oscura del mundo. Persisten guerras en diversos puntos del planeta y, no parece que haya una salida sostenible para llegar a la ansiada paz. Las corrientes migratorias generadas por grandes grupos de población han cobrado fuerza durante los años recientes. Unas, debido precisamente a las hostilidades que se padecen en pueblos y ciudades. Otros desplazamientos por el crecimiento de la inseguridad y del pujante avance del narcotráfico en distintas rutas por donde pasa y acampan los carteles.

Son también muchos los grupos de personas que deciden abandonar su territorio para ir a buscar mejores condiciones de vida, pues donde han nacido y crecido, no existen opciones para progresar; así que la pobreza avanza, al mismo paso que lo hace el modelo neoliberal que campea desde hace muchas décadas en gran parte del globo. No son pocos los que deben salir de sus lugares de origen, por la devastación ecológica de su entorno, en busca de tierras menos inhóspitas. Y tampoco son unas cuantas personas las que deben emigrar porque son perseguidas, amenazadas o agredidas violentamente por sus creencias religiosas; por su orientación sexual; por su condición de género o debido a sus posiciones ideológicas y políticas. En el mundo andamos mal.

Por eso algunos pensadores sostienen que aún bregamos –fallidamente—en los principios que dieron vida a la modernidad. Libertad, Igualdad y Fraternidad, están aún lejos de enarbolarse y de caracterizarnos en todos los confines del planeta donde hay presencia humana. Por si fuese poco, ya se nos encaramó la post-modernidad y, junto con el neoliberalismo, siguen sin pasar al banquillo de los acusados, a pesar de que están devastando a la población por cuanto sitio transitan.

El terrorismo es imbatible; por su forma de gestación, por su componente ideológico y de operación es imposible eliminarlo. Se le puede estudiar, espiar, controlar, reducir, minimizar, contra-atacar, pero desgraciadamente no se le puede aniquilar. Ahí están, dolorosamente, cada uno de los crecientes ataques que durante las últimas cinco décadas han enlutado a vastas regiones, gobiernos-países, ciudades, pueblos, organizaciones, familias y personas.

Las crisis económicas oscilan o resucitan, generando desigualdad, pobreza, enfermedades, marginación, exclusión social y reducen metódicamente el tamaño de las clases medias. Mientras tanto, unos cuantos amurallados en sus élites, acumulan cada día más dinero, propiedades y control por los cuatro puntos cardinales.

Algo anda mal. Y todo esto ocupa espacio digital, se multiplica, circula y genera impactos nocivos en el llamado “tercer entorno”, en el mundo de internet, que también hiede.

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