Fecha de Publicación: 03/09/2012
Esta columna fue publicada en el periódico Milenio Estado de México.
Luis Alfonso Guadarrama Rico
Coordinador Ejecutivo de la Red Iberoamericana de Investigación FAMECOM
Hace poco fue editado un documento cuyo título reza: Perspectivas OCDE: México. Reformas para el cambio. El informe está prologado por Ángel Gurría, Secretario General de la misma OCDE y pasa revista a los temas de Economía, Mercado Laboral, Comercio, Agricultura, Sistema impositivo, Proceso presupuestario y eficacia del sector público, Política de regulación, Adquisiciones en la salud y la energía, Competencia, Pobreza y desigualdad, Educación, Innovación, ciencia y tecnología, Medio ambiente y crecimiento verde, Energía nuclear, Salud, Medición del bienestar y progreso en México y, Próximos trabajos sobre México. De todos ellos, aunque gozan de la particular y sesgada óptica del organismo en cuestión, me quiero ocupar de la pobreza y la desigualdad. Conozcamos.
En materia de pobreza, como país, enfrentamos implacables desafíos, no sólo porque el número de personas en escasez extrema y moderada aumentó, entre 2004 y 2008, al pasar de 18.4% a 21%. Una fuerte proporción de personas pobres son infantes, casi la mitad. Si la carencia afecta a este segmento de población, sus repercusiones en desempeño escolar (aprendizaje), impacto negativo en sus condiciones de salud y futuro sub o desempleo, tendrán mayor resonancia a lo largo del tiempo. En el otro extremo de la nuestra pirámide poblacional, de cada diez personas que tienen 75 años o más, tres son pobres. Las tendencias muestran claramente que avanzamos cada vez más hacia el envejecimiento, lo que parece que resultará es que cada día habrá más personas viejas, arruinadas y enfermas.
¿Por qué tenemos este perfil? Sin duda se debe a muchos factores. Pero uno de ellos, sin duda, es la desigualdad que campea por nuestras latitudes. Ocupamos el segundo lugar al ostentar las desigualdades más grandes entre los 34 países que integran la OCDE. Enseguida una perla: en el Informe Divided We Stand, de 2011, se reporta que el 1.3% del ingreso total disponible en México, se distribuye piadosamente entre el 10% más pobre, es decir, entre 11 millones de personas. Mientras que, el 36% de ese ingreso total de nuestro México, se prorratea entre el 10% de la gente más rica.
Lo que me llama la atención son las “recomendaciones clave” que presenta el informe de la OCDE. Sugiere ajustar la cobertura de programas de apoyo social; mejorar la calidad de los servicios de salud y educación; sustituir subsidios por transferencia de dinero en efectivo para los más pobres; combinar medidas para combatir la pobreza con el desarrollo rural; mejorar la calidad y cobertura de los servicios de salud del IMSS; incentivar el empleo formal. Yo digo ¿Dónde quedó el ataque a lo estructural, que es la pobreza y la desigualdad? Evidentemente, fuera de la mirada de la OCDE.


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