Fecha de Publicación: 27/02/2012
Esta columna fue publicada en el periódico Milenio Estado de México.
Luis Alfonso Guadarrama Rico
Coordinador Ejecutivo de la Red Iberoamericana de Investigación FAMECOM
Durante siglos, la violencia que ocurría dentro del ámbito familiar se consideró que era un asunto privado y que la acción del Estado quedaba fuera de los hogares. Quienes tengan interés en asomarse a otras muestras de la violencia familiar, lean varios pasajes de la Biblia; se van a sorprender con episodios caracterizados por actos fratricidas, parricidas, incestos, repudio hacia madresposas, entre otras linduras. Pero regresemos. Durante los últimos años, en países como México, se ha considerado a la violencia intrafamiliar no sólo como un asunto reprobable e indeseable, sino que constituye un asunto de interés público, de salud y, cada día, su visión se amplía desde la perspectiva de género, los derechos humanos y, desde otros frentes, especialmente cuando se lucha por liberarnos de este mal.
Hay quienes creen que la violencia intrafamiliar se presenta únicamente entre personas que pertenecen a clases sociales bajas. Los estudios han puesto de relieve que se registra un acento entre la clase más desprotegida socio-económicamente, pero no es menos cierto que también sucede entre las familias de clase media y alta. El asunto es complejo, debido a que muchas víctimas no conciben la denuncia y menos aún la posibilidad de abandonar el hogar porque la mayoría de las ocasiones existen, con el agresor, lazos que aprisionan a quienes reciben algún tipo de maltrato en lo emocional, físico y/o en lo económico. Son constantes los casos en que el síndrome de las personas violentadas se traduce en el temor a que el victimario se torne más violento y –las víctimas– temen por su integridad.
Este fenómeno produce sensaciones de inseguridad, especialmente para los hijos e hijas menores de edad, así como en las parejas o madresposas que padecen este indeseable cuadro. En contraste, los maltratadores piensan que tienen “las mejores recetas” para socavar los conflictos, como si fuese un imperativo de su masculinidad. Diversos especialistas han advertido que la lucha contra este fenómeno debe pasar por un cuestionamiento y trabajo frontal contra el machismo visible e invisible.
A pesar de los avances reportados en nuestro país, en materia de promulgación de leyes para prevenir y combatir la violencia intrafamiliar es palpable. Pero el ataque y la agresión física, psicológica y la denostación hacia las mujeres no se ha logrado eliminar; las acciones que vulneran la integridad de los infantes y adolescentes continúan presentes; el abandono y maltrato a los ancianos no se ha logrado abolir y, aunque son operadas campañas, un difuso pero amplio segmento social sigue considerando que las víctimas de violencia intrafamiliar son culpables o –peor– que en realidad incitan al agresor a que les tenga que propinar un merecido castigo, debido a conductas imprudentes o inapropiadas. Consecuentemente, la agenda en esta materia tiene muchas páginas que escribir. Pero la participación corresponde a todos.


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