Fecha de Publicación: 17/12/2012
Esta columna fue publicada en el periódico Milenio Estado de México.
Luis Alfonso Guadarrama Rico
Coordinador Ejecutivo de la Red Iberoamericana de Investigación FAMECOM
Esta columna lleva por título uno de los libros que publicara el politólogo Reg Whitaker. Su trabajo vio la luz en 1999. Desde entonces nos volvía advertir acerca de esa poderosa mano invisible que lo vigila todo y, por ende, que escruta todos nuestros rincones. Repetía la indicación, porque ya lo había hecho en 1949, George Orwell a través de su emblemática novela: 1984. Luego, los medios de comunicación y muchas otras personalidades la referirían como “Gran Hermano”. Hay que leer más y referir menos.
Si usted se aleja un poco en la vorágine consumista cotidiana, podrá notar la cantidad de canales o de puertas que hemos creado para poner a la vista de casi todos, sin pretenderlo, nuestra forma de vida personalísima. Piense usted, por ejemplo, en las personas que tienen tarjeta de crédito o de débito. Con ese dispositivo que nos permite gastar y tener acceso a bienes y servicios, ligados a nuestros datos personales que aportamos y que recaban los bancos para “otorgarnos” la credibilidad de que seremos buenos consumidores y mejores pagadores, cuentan con un mapa acerca de nuestros hábitos, de nuestras filias y, en buena medida, de nuestra privacidad y estilo de vida.
Si algunos secretos existían, se acabaron con los paparazzi; con ese/a fotógrafo/a, de conducta fisgona y entrometida que busca hacer visible una serie de asuntos –la mayoría intrascendentes pero cargan con la etiqueta de “novedad”—acerca de la vida de las personas. Nuestra privacidad ha perdido gran parte de su terreno debido a las cámaras portátiles que furtivamente son usadas para poner a circular en la red de redes, un cúmulo de comportamientos y episodios que únicamente pertenecen a sus autores/as; nos despojan de lo nuestro; subvierten su sentido y significación y podemos convertirnos, sin querer, en el hazmerreir de internautas ajenos y viles. La intimidad, círculo excelso del yo, de nuestro ser, también puede exponer una gran cantidad de trozos secretos cuando, a través del uso y de lo que apuntamos en el correo electrónico, el Twitter, el Facebook y en nuestro teléfono celular, nos ponemos en riesgo y también a disposición de quienes buscan hacer daño a otros/as. Hay ventajas con estas tecnologías de la información y la comunicación, pero nada es gratuito. Tendríamos que controlar nuestra compulsión de “compartirlo” todo y de subir a Internet todo lo que se nos antoja.
Diane Michelfelder dijo que cuando hacemos uso de bienes tecnológicos, “debemos preguntarnos qué ganamos y qué perdemos en autonomía, participación, privacidad y libertad social”. Me pronuncio por un manejo cuidadoso, escrupuloso y atento de todo aquello que nos pertenece en lo privado y en lo íntimo. Muchas escenas y emociones estarán a salvo en la memoria y en la piel de cada ser humano.


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