Fecha de Publicación: 04/06/2012
Esta columna fue publicada en el periódico Milenio Estado de México.
Luis Alfonso Guadarrama Rico
Coordinador Ejecutivo de la Red Iberoamericana de Investigación FAMECOM
Hacia el año 2016, en el mundo habrá más celulares que habitantes pues estos dispositivos transmediáticos, multitarea y de alta tecnología, llegarán a los 10 mil millones de celulares. Según la empresa Cisco Mobile, las tablets seguirán en ascenso, aunque entre consumidores de clase media alta y alta. En México, en 2011, llegamos a 94.5 millones de celulares. Algunas cifras más. Hasta el año 2010, reportamos una tasa de 81 suscriptores por cada 100 habitantes ¿Quiénes nos ganaban en América Latina? Entre otros, nada más: Panamá, con 185; Argentina, 142; Uruguay, 132; Guatemala, 126; Honduras, 125; El Salvador, 124; Chile, 116 y, para no variar, Brasil, con 104. Todos, por cada 100 habitantes.
Estos aparatos se han convertido en computadoras manuales, de uso personalísimo y, entre un amplio sector de la población, son usados como artefactos de uso absolutamente individual. Cuando este uso privado es transgredido, regularmente se arma la de San Quintín y, en no pocas ocasiones, la cosa termina mal. Hay quienes comienzan a explicar que las altas tasas de divorcio, pueden tener como ingrediente el impacto de esta nueva Caja de Pandora. A pesar de llamarle teléfono, es usado para enviar mensajes de todos colores y sabores, tomar y compartir fotos, bajar, escuchar y compartir canciones, videos y, desde luego, lo colocamos en nuestra oreja predilecta, en busca del otro, o bien para escuchar las urgentes peticiones de los demás.
Los profesores se quejan porque sus estudiantes se distraen constantemente para responder llamadas, conectarse a Internet y/o porque están enviando y recibiendo mensajes de texto. Investigaciones recientes indican que el bajo rendimiento académico también comienza a estar relacionado con el uso intensivo del celular durante las clases. Vaya otro reto para la ansiada y postergada calidad educativa.
Las madres y los padres de familia regalan a sus retoños no sólo su primer celular, sino que deben estar dispuestos a pagar el consumo –más o menos medido– que hacen y deben renovarles su “Cel” por otro, siempre mejor. El uso que hacemos de estos artefactos nos dicen mucho acerca de nuestras relaciones personales, familiares y/o sociales. Por ejemplo, las madres, y a veces los padres, lo convierten en cordón umbilical inalámbrico, para tratar de saber dónde están sus pimpollos, a qué hora ponen pie en casa o, bien, adónde van por ellos cuando sobrepasan los límites de sus permisos. Pero, como no todo fluye en una dirección, los hijos generan estrategias para tratar de esquivar la vigilancia o monitoreo de su mundo adulto. Así, entre las más socorridas explicaciones están: Se me acabó el crédito; se me acabó la pila o, bien: Es que no lo escuché. Desde luego, una sordera transitoria pero, oportuna y piadosa.


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