Fecha de Publicación: 12/11/2011
Esta columna fue publicada en el periódico Milenio Estado de México.
Luis Alfonso Guadarrama Rico
Coordinador Ejecutivo de la Red Iberoamericana de Investigación FAMECOM
Hacia el año 2000, cuando en nuestro país comenzó a tener relieve el uso de los teléfonos celulares, apenas había un poco más de un millón de estos dispositivos tecnológicos, según reportes de la COFETEL. Hoy, la cifra supera los 90 millones de aparatos. Su crecimiento y penetración en una gran cantidad de grupos de población, ha convertido a infantes, jóvenes, adultos y a personas de tercera edad, en usuarios-consumidores de esta tecnología inter-comunicacional.
Estas computadoras manuales –que aún insistimos en llamarles “teléfonos celulares”—disponen de un creciente número de ventajas, gracias a los esfuerzos que hace unos años hiciera el matemático Thomas Kailath, quien logró romper la barrera de los 100 nanómetros. Desde entonces, fue posible que este dispositivo, cada día más pequeño, ligero y poderoso, se convirtiera en lo que hoy vemos, especialmente si hablamos de los smartphones, o teléfonos inteligentes. Hacer y recibir llamadas; enviar y leer mensajes de texto, no sólo de nuestros conocidos, sino de otros sitios electrónicos que gravitan en internet; almacenar y reproducir música, fotografías y videos; programar nuestras actividades y disponer de despertador; participar en redes sociales virtuales a través de Twitter y Facebook; realizar compras de naturaleza variopinta, en fin, un abanico de opciones por demás llamativo y dinámico.
Sin embargo, como un día anotó Diane Michelfelder, una especialista en asuntos de calidad de vida: si bien la tecnología ofrece crear más oportunidades y ampliar tanto la libertad como un cierto sentido de realización personal, debemos preguntarnos qué ganamos y qué perdemos en autonomía, participación, privacidad y libertad social. En este sentido, es muy importante que a menudo nos detengamos para reparar en situaciones como las siguientes:
¿Cuánto destina de su presupuesto en el consumo de celular? ¿Podría tener un gasto menor o más racional? Por ejemplo, a veces hacemos una llamada o enviamos un mensaje de texto, sólo para anunciar que estamos a dos o cinco minutos de nuestro arribo ¿Por qué no esperamos un poco, tanto el emisor como el receptor? Frecuentemente permitimos que los usos de nuestro celular se conviertan en una voraz tecnología disruptiva? Si estamos compartiendo una comida o una reunión con personas de nuestro interés (familiares, amigos, pareja, etc.) ¿por qué no evitamos responder llamadas o mensajes de texto? Dicha pauta, de paso, nos permitiría hacer saber a las personas con las que estamos saboreando el momento, que realmente son de nuestro interés. Un asunto más.
Piense usted cómo hemos permitido que, en lugar de ganar en autonomía y privacidad con esta poderosa tecnología, estemos reduciendo nuestros periodos de descanso, de recreación y de lectura, en nombre de una moda que reza: “estar siempre disponible o conectado para los demás o, para el otro”. Recuerde que el que está en todas partes, o lo pretende, no está en ninguna.


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