Fecha de Publicación: 20/02/2012
Esta columna fue publicada en el periódico Milenio Estado de México.
Luis Alfonso Guadarrama Rico
Coordinador Ejecutivo de la Red Iberoamericana de Investigación FAMECOM
A menudo he escuchado expresiones que señalan la importancia de “una buena comunicación” para encarar o resolver un sinnúmero de problemas. Que si hay conflictos y riñas entre padres, madres e hijos, basta con el virtuoso movimiento de la comunicación. Si la pareja se ha vuelto insoportable, huera, desdeñosa, zambullida en sus asuntos –a través de su blackberry o de su iPhone—ello se resuelve con una buena plática de reconversión. Que si el jefe está más irritable y se torna patán, eso desaparece si se le invita a entrar al templo de la comunicación. Que si a los hijos les da por acudir a los antros para empinar el codo desde el jueves hasta el domingo, ello se compone en cuanto los padres decidan hablar con sus hijos. Total, mucha gente se ha de preguntar cómo se logra esa buena comunicación que ofrece acabar con todos nuestros sinsabores.
A la comunicación se le pide demasiado, o se le ha tratado de colocar por encima de lo que puede hacer. Algo parecido le ocurrió muchas décadas atrás a la Psicología y al Psicoanálisis. Hace unos años, el antropólogo David Le Breton, escribió: “En la comunicación, en el sentido moderno del término, no hay lugar para el silencio: hay una urgencia por vomitar palabras, confesiones, ya que la “comunicación” se ofrece como la solución a todas las dificultades personales o sociales”. Hemos de tener presente que cuando se trata de dialogar la vida se torna más complicada, no más sencilla. Veamos algunas ideas básicas.
Los problemas que vivimos son más complejos de lo que estamos dispuestos a aceptar. Ello impide que exista una disciplina capaz de resolverlo todo, sea de la naturaleza que sea. La conversación, como ejercicio cotidiano, ilumina sólo una pequeña parte del problema, pero también puede oscurecerlo. Cuando se opta por encarar un asunto mediante el diálogo profundo, se ha de pensar que el vínculo puede quedar tirante, e incluso llegar al rompimiento; justo por la haber tenido la osadía de hablar con claridad o desnudez. Cierto es que algunos coloquios pueden aportarnos entendimiento u ofrecernos pistas para mejorar; pero ello será la resultante del ejercicio comunicativo, junto con otras virtudes. Cuando se opta por expresar nuestros sentimientos, hay que pulsar los efectos que pueden provocar nuestras sinceras palabras. Previo a la claridad, debemos anteponer el respeto, así como los sentimientos de la persona con la que hablamos. En la antesala de la respuesta iracunda o frontal, tenemos uno de los recursos más nobles y poderosos de la comunicación: El silencio. Las palabras y los silencios comunican; son complementarios y sirven para mantener la paz y la concordia. La reserva en el habla, es la disposición a escuchar; abre la puerta a la reflexión. El silencio es la espera amorosa; la íntima conexión, cuando las palabras sobran o romperían el hechizo de la unión. La ausencia de respuesta, no como castigo, sino como acompañamiento y solidaridad con la otredad, nos hará mejores.


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