Fecha de Publicación: 05/02/2012
Esta columna fue publicada en el periódico Milenio Estado de México.
Luis Alfonso Guadarrama Rico
Coordinador Ejecutivo de la Red Iberoamericana de Investigación FAMECOM
Las Tecnologías de Información y Comunicación (TIC) llegaron para transformar nuestros procesos socio-culturales, políticos y económicos. La mejor tajada la ha sabido sacar la iniciativa privada, para generar mejoras en sistemas productivos, competitividad y comercio a escala global.
En el sector educativo y social el balance parece desfavorable. El año 2000, México reportaba que 9% de los hogares tenía una computadora y 5% contaba con acceso a internet. Una década después, casi un tercio (29%) de las familias disponía de una PC y 35% de ellos, tenía servicio de internet. El año pasado, se reportó que seis de cada diez hogares todavía no tiene acceso a internet. Vamos mal. La telefonía celular tiene otro rostro, aunque es una tecnología poco o mal aprovechada. Nuestro país reportaba 18 millones de suscriptores durante el 2000. Dos lustros después, había 90 millones de usuarios de celular. Si bien podemos decir que una década después, hay más computadoras y que una parte de la población de clase media alta y alta está en condiciones de aprovechar la era de información para ser copartícipe de la sociedad del conocimiento, los usos dicen algo más.
¿Qué estamos haciendo con las TIC? Van algunos indicadores reportados por la AMIPCI, 2011. 75% de los usuarios ingresa a internet para enviar y recibir correos electrónicos; 59% aprovecha el acceso para recibir y enviar mensajes instantáneos; casi la mitad descarga música; poco más de un tercio aprovecha que vive en la era de la información para jugar en línea; más de la cuarta parte de los conectados, visita sitios deportivos. Desde luego, cuando un segmento de los escolares ingresa a internet, lo hace para buscar información asociada a sus tareas, pero localiza páginas o documentos mediante motores de búsqueda, copia, corta, pega, imprime y entrega a sus profesores, sin que necesariamente medie la lectura a profundidad.
Nadie esperaría que el acceso a internet fuese únicamente para ver cómo transformamos la información en conocimiento científico o tecnológico. Lo que está sucediendo es que crece el uso de la red, pero ha disminuido el tiempo dedicado a leer periódicos, revistas y, desde luego, libros. Con ello, en esta vorágine informativa, como lo señaló Nicholas Carr, “la mente lineal está siendo desplazada por una nueva clase de mente que quiere y necesita recibir y diseminar información en estallidos cortos, descoordinados, frecuentemente solapados –cuanto más rápido mejor”. El desafío cae en el terreno educativo, individual y cultural.


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