TURNOS
Había pensado en ella muchas veces. De hecho, la vi pasar delante de mí. Volteaba a verme y sonreía como diciendo: Aún no. Quizá mañana. ¡Si se me da la gana!.
Yo, tembloroso, casi cataléptico, la maldecía por eso, por caprichosa. Si se le daba la gana, sí. Si no, pues no.
Iba y venía. Su cadencia siempre me pareció llamativa hasta el insulto. Sí, excitante porque llamaba a quien se le antojaba.
Un día, mientras iba camino a clases, me avisaron que estaba en la alcoba de un tipo muy joven, –escasos 19 años, murmuró alguien–. Decidí ir a ver. Cuando llegué, ella estaba erguida, triunfante. Quise ver por una ventana al tipo que le acompañaba, pero lo tapó con un impúdico beso. Tuve que seguir mi camino por la acera y cuando volví a mirar, otra vez, su mirada parecía decirme: Tú, todavía no.
Su perversidad constantemente me enojó. La desprecié hasta el cansancio. Siempre que pasaba por algún lugar cercano a mí, parecía que su perfume habitaba muchos días alrededor mío; era como si dejara rastro de su ardiente paso. Parecía gozar sólo de verme cómo me paralizaba su presencia.
Había terminado de escribir una carta para un amigo a quien siempre quise sorprender con un recuento de nuestra época de imberbes. Doblé los pliegos de la carta; los metí en un sobre para llevarlo al correo algún día cercano.
Cuando tocaron a la puerta, me acerqué para abrir. Con todas mis fuerzas intenté cerrar, pero ella me atrapó las manos. En la siguiente fracción de segundo me abrazó. Vi cómo mutaba todo mi cuerpo. Sin preámbulos, hundió su delgada mano diestra en mis entrañas. Sin más, pese a toda mi furia, -pese a mi ebriedad por lo vivo-, me llevó para siempre… «Víctima de cáncer…», rezarían los amigos que nunca más vi.
LAGR


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