Primera T

Fecha de Publicación: 16/09/2019

Esta columna fue publicada en el periódico Milenio Estado de México.

Luis Alfonso Guadarrama Rico
Coordinador Ejecutivo de la Red Iberoamericana de Investigación FAMECOM

Ayer, como desde 1845, se lanzaron vivas para recordar y hacer honores a “los héroes que nos dieron Patria”, un precipitado 15 de septiembre de aquel 1810. Lo impuso el inefable López de Santa Anna. Según lo que se ha dicho, se trata de la Primera Transformación, la de la Independencia de México. Tal emancipación responde a la historia de bronce y, como en muchos casos, abandona el contexto y las circunstancias.

El padre Miguel Hidalgo no pretendía la independencia o separación del reino de España; él pensaba y deseaba, como muchos otros, que después de casi tres siglos, era tiempo de que criollos como él tomaran cartas en asuntos de la Nueva España; que no se requería más de enviados especiales. Desde luego, pretendía seguir entregando buenas cuentas al rey Fernando VII de España. Por ello, como parte del famoso grito de Dolores, también dijo: ¡Que viva Fernando VII!

El insurgente guanajuatense, que supo articular a hurtadillas su vocación sacerdotal con la vida conyugal y familiar pues tuvo al menos cinco hijos, de haber cumplido su cometido, habría impuesto inmediatamente –sin tapujos– como única y verdadera religión a la católica y, desde luego, a la Virgen de Guadalupe como patrona ineludible de toda la población.

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Como militar, Miguel Hidalgo dejó claro que la estrategia para conducir las batallas no era lo suyo. Aparte de perder varias de las hostilidades que enfrentó, en apenas seis meses desde que inició el movimiento, ya había sido apresado, junto con Allende, Abasolo y Aldama. Desde los primeros enfrentamientos, el cura generó irreconciliables diferencias con Ignacio Allende; prácticamente desde las primeras escaramuzas se crisparon los ánimos. Allende era un militar con formación y estuvo a punto de lograr envenenar al caudillo con sotana. En celebraciones como las del domingo, a los políticos les encanta mencionar a Allende e Hidalgo como si hubiesen fraternizado desde su más tierna infancia, hasta el abrupto final de su existencia, en 1811. Como se sabe, es con Agustín de Iturbide, en 1821, cuando se considera que “inicia la Independencia de México”, nada menos que con el Emperador Agustín I.

La “Primera te”, sin demérito de su lustrosa denominación, queda corta, fuera de contexto y sobre todo constituye más una bandera ideológica que una realidad.

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