Lectura en jóvenes escolarizados – Parte I

Lectura en jóvenes escolarizados - Parte I

Fecha de Publicación: 05/02/2018

Esta columna fue publicada en el periódico Milenio Estado de México.

Luis Alfonso Guadarrama Rico
Coordinador Ejecutivo de la Red FAMECOM

Hace unos días conversé con un joven cuyos planes son cursar sus estudios profesionales. Como pocos de su grupo, tiene un promedio superior a los nueve puntos, en sus estudios de preparatoria. Le gusta jugar videojuegos en línea; hace poca actividad física; no fuma (que se sepa) y su ingesta de bebidas está ceñida a cervezas. Estábamos en medio de la charla, cuando le pregunté qué libro estaba leyendo, además de lo que estudiaba en la escuela. Su respuesta fue escueta y llena de convicción: “No me gusta leer”. Sentí como si le hubiese inquirido si bebía pulque o sotol. —No me gusta esa bebida, sería lo esperado.

Chicos como él, se cuentan por millones. Pese a la existencia de programas, ocurrencias y renovados bríos que brotan cada nuevo gobierno (federal o estatal), el hábito de la lectura prospera poquísimo, se estanca o retrocede. Para muestras, los recurrentes botones que nos avienta en la cara el Programa Internacional de Evaluación de los Alumnos (PISA), en el que participan los países que forman parte de la OCDE. Apenas el 1% de nuestros jóvenes de 15 años alcanza niveles de excelencia en ciencias, lectura y matemáticas. El promedio que reporta la OCDE, específicamente en lectura es de 493 puntos. México alcanzó en 2015, 423 en esta sección. Estamos debajo de España, Portugal, Chile y de Uruguay. En el año 2000, nuestros jóvenes alcanzaron 422 puntos, es decir, progresamos un puntito –muy bueno– en tres lustros. Poco a poco, despacito, a razón de 0.06 por año. Pero eso sí, con solidez.

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Varios factores ayudan a entender el porqué de esa repelencia a la lectura. Un país con grandes grupos de población en pobreza y pobreza extrema, no tiene condiciones para pensar en exquisiteces como la lectura de ningún libro que goce de riqueza literaria. Como decía Don Quijote de la Mancha: “el trabajo y peso de las armas no se puede sobrellevar sin el gobierno de las tripas”. Pero sin duda, también tiene mucho que ver la manera en que se ha tratado de encarar la formación de lectores y lectoras, desde la educación básica y mediante su brazo operativo, la educación normal.

Para formar lectores(as), hay que ponerse en las condiciones de quienes no leen ni valoran tal actividad, por mucho que sea apreciada por el mundo adulto metido en la academia. Seguiré…

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