
Luis Alfonso Guadarrama Rico
Coordinador Ejecutivo de la Red FAMECOM
La formación de lectores va de uno en uno y paso a pasito, como decía una canción de Armando Manzanero. Es un proceso que exige dedicar años. Se pueden organizar grupos medianos o grandes, como parte de una estrategia de promoción de la lectura, pero las semillas germinarán en unos cuantos. Así ocurre en esta actividad civilizatoria.
Con cierta frecuencia, los programas de “impulso a lectura” o epítetos parecidos emanan de grupos de élite que ondean en todo lo alto el valor literario que tienen obras maestras. Sobrevienen títulos inexcusables como: Don Quijote de la Mancha (el más citado y el menos leído de todos los tiempos), Cien años de soledad, El retrato de Dorian Gray, Hamlet, Crimen y Castigo, El Lazarillo de Tormes, Alicia en el País de las Maravillas, El viejo y el mar, Madame Bovary, La Celestina, El lobo estepario, Pedro Páramo, Guerra y Paz, Decamerón, La montaña mágica, Fuenteovejuna, La Odisea, El buscón, La náusea, En busca del tiempo perdido, Tirano banderas, El ruido y la furia, entre otros.
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Nadie discutiría la importancia de obras como las referidas. El problema es otro. Se trata de tener una idea válida de las condiciones que tienen y que por cuenta propia desarrollan los(as) jóvenes de este siglo. Ellos y ellas nacieron con acceso a internet, con televisor, con una oferta de géneros televisivos, cinematográficos, de videojuegos, diarios, revistas, con redes sociales que les lanzan toneladas de información y que ellos mismos forman parte de ese vertiginoso alud. Quizá creen que por el hecho de enviar mensajes texto a sus amigos o compañeros a través del Whatsapp, están en plena y fervorosa producción literaria.
Debido a esa atropellada cantidad de datos y de sobreestimulación que los jóvenes reciben diariamente en materia de imágenes, movimientos y sonidos, tienen que hacer esfuerzos titánicos para lograr abstraerse en una lectura que sobrepase las cinco páginas de texto que, como pecado imperdonable, carecen de dibujitos, esquemas, animaciones o memes que les provoquen algo de diversión. Si encima de ello, los “impulsores” de la lectura les prescriben joyas literarias que involuntariamente cargan con enorme poder somnífero para las inquietas y dispersas mentes juveniles, los bajos resultados no se hacen esperar. Seguiré…


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